Horas antes Don Enrique empujó con firmeza la puerta de la mansión familiar, dejando que el sonido de sus pasos en los azulejos resonara a través del silencio. Había regresado de un viaje de negocios que le había consumido más tiempo y energía de lo esperado, pero, aun así, su primera y única intención era ver a Vivian, su amada hija. Ascendió por la gran escalera de caracol, sintiendo cómo su corazón se aceleró ante la ansiedad de volver a abrazarla. Tocó la puerta de la habitación y enseguida la voz apagada de Vivian se oyó desde el interior. —Pase. Al cruzar el umbral de su habitación con una amplia sonrisa, sintió su gozo desvanecerse cuando vio el estado de su hija, todavía no se levantaba de la cama, tenía el cabello revuelto, parecía una frágil criatura envuelta en mantas, con

