El gran espejo que Vivian tenía ante sí era como una especie de portal, y en el fondo es lo que más deseaba en su corazón, que sirviera para que la transportara a un lugar donde pudiera deshacerse de esos nudos en el estómago y que sus dedos dejaran de temblar.
Siempre era así, el miedo se apoderaba de ella cada vez que tenía que hacer una presentación en sociedad de la mano de su esposo, a pesar de venir de una familia opulenta, siempre él la hacía sentir insignificante.
Era un poco tímida, no le gustaba resaltar, todo lo contrario, mientras menos llamara la atención mejor para ella, de hecho no sabía cómo fue que Víctor llegó a enamorarse de ella.
Su vestido de seda era amplio, parecía una chiquilla tratando de imitar ser una mujer madura. Los pliegues no se ajustaban para nada a las curvas de su cuerpo, por lo cual no podía visualizarse bien s
u figura, lo que la hacía sentirse mejor, porque no le gustaba exhibirse y a Víctor tampoco le gustaba que lo hiciera.
Lo vio entrar con su perfecto traje n***o ajustado a cada parte de su cuerpo musculoso. Su corbata azul rey hacía juego con el color de su vestido.
Sin embargo, lo sintió extraño, con una expresión de preocupación en su rostro y hasta de pena, lo cual creyó haberlo imaginado, porque ese hombre no sentía pena con nada.
—¿Te pasa algo? —preguntó ella, porque le pareció raro, pero él no le respondió.
Se quedó viéndola de manera extraña, como si estuviera absuelto en sus pensamientos.
—¡Víctor! —llamó su atención y allí fue cuando reaccionó.
—No pasa nada, apúrate que todo el mundo ha llegado y seremos los últimos en presentarnos… no sé para qué te esfuerzas tanto —le dijo sin dejar mirarla—… eso no hace ninguna diferencia en tu aspecto… —su tono de voz con aparente indiferencia.
Ella sintió su cuerpo encogerse, como si la hubiese sido atacada físicamente, respiró profundamente para tratar de calmarse y controlar las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
Él la tomó del brazo, y bajaron las escaleras lentamente y en silencio, mientras todas las miradas se posaban curiosas en ella, las mujeres con lascivia al ver a Víctor y los hombres con envidia por su aspecto. Sin embargo, las miradas que se posaron en Vivian eran de lástima, pensando en ¿Cómo se sentiría una insignificante mujer ante la apariencia imponente de su marido?
Y así era, bajo el suave resplandor de la araña, mientras ella se acomodaba un mechón de pelo rebelde, la lustrosa imagen no parecía más que una fachada.
Sus manos revolotearon sobre el escote de su vestido, alisando arrugas imaginarias, y sus movimientos delataron una agitación interior que contrastaba con la serena imagen de su exterior.
Entretanto, Víctor era su contraste, su confianza era tan palpable que daba la impresión de palpitar en el aire a su alrededor, dominando la atención que gravitaba naturalmente hacia su magnética presencia.
El elegante corte de su traje a medida acentuaba la anchura de sus hombros y el propósito de su paso; cada paso era medido, pero fluido, como si el suelo bajo sus pies fuera una extensión de su dominio.
Las cabezas se giraron, las conversaciones se redujeron a murmullos y, por un momento, el mundo se inclinó sobre su eje, ajustándose para dar cabida a la fuerza que era Víctor.
Sus ojos recorrieron la sala como un soberano que inspecciona a sus súbditos, y allí donde su mirada se detenía, dejaba un rastro de sutil influencia, una afirmación silenciosa de su posición entre la élite.
El corazón de Vivian dio un vuelco, aunque más que por enamoramiento, era por el crudo reconocimiento del poder que Víctor ejercía sin esfuerzo.
Se sintió a la vez atraída y repelida por la gravedad que emanaba, y cuando los invitados se separaron para abrirle paso como si fuera el mar rojo cediendo ante Moisés, supo que la noche había comenzado de verdad, y con ella, el intrincado baile de máscaras de la sociedad.
Víctor con Vivian a su lado, parecía estar manejando hilos invisibles, se movió entre los grupos de invitados con una facilidad impresionante.
Cada interacción era una medida calculada, cada apretón de manos algo más que un simple saludo, su boca apena se contraía en una leve mueca que fingía ser una sonrisa. Era un intercambio de promesas tácitas e intenciones veladas.
—No te preocupe, la expansión será un éxito sin precedentes —le aseguró a un magnate de pelo plateado.
La sutil inflexión de su tono pintaba un futuro tan próspero que parecía como si ya hubiera ocurrido, eso era parte de su encanto.
Los ojos del hombre brillaron con el reflejo de mercados sin explotar y cuentas bancarias abultadas, visiones hábilmente tejidas por la habilidad en la voz de Víctor, él era como un mago o un hechicero que fascinaba a todos.
—Y con la legislación adecuada... —se interrumpió, dejando que el silencio se llenara de insinuaciones, sabiendo perfectamente que el influyente político que tenía a su lado lo llenaría de compromiso con su causa.
Llegó un momento que Vivian se sintió incómoda, y es que la pobre no podía competir con la cantidad de mujeres y hombres que reclamaban la atención de su marido, él se dio cuenta y la despachó.
—Vivian, si te incomoda la conversación, puedes irte a dar una vuelta por allí y ubicar algo más interesante que hacer —le propuso. Ella asintió con la cabeza y se fue alejando poco a poco.
Se ubicó en un extremo de la sala, como si se estuviera escondiendo de la gente, se quedó observando en el anonimato con la copa de Champán en la mano, mientras la acercaba a sus labios para darle un pequeño sorbo.
Estaba maravillada por la facilidad con que Víctor lograba inclinar el eje de cualquier conversación, dirigiéndola hacia el resultado deseado con la delicadeza de un gran maestro de ajedrez moviendo las piezas de un tablero.
Su risa se mezcló con los tonos más agudos del deleite, sus afirmaciones eran puntuadas por el tintineo de la cristalería fina; era el epicentro de un terremoto social, suave aunque innegable.
Sin embargo, mientras lo observaba cómo se desarrollaba el cuadro, un hilo de aprensión se enroscó en su corazón, apretándose con cada gesto de aprobación que él cosechaba, alimentado con las palabras de su amiga que se acercó a ella.
—¡Es un imbécil! No deberías dejar de tratarte a sí por ese hombre, cree que es el ombligo del mundo, y ni siquiera es un dedo meñique… es un prepotente, siempre rodeado de mujeres y haciéndote de menos a ti… ¿No te das cuenta de que sin ti no es nadie? ¿Quién sabía de Víctor Cáceres antes de casarse con la única hija de Gustavo Enrique Alcalá? ¿No te molesta que siempre salga triunfal en todo? Deberías hacer algo para que le hagas pagar —señaló de manera venenosa.
Y en el interior de Vivian la rabia comenzó a abrirse paso “Adara tiene razón, él no solo domina esa habitación y en cualquiera que entrara, sino el destino de todos, incluso el mío está atado a él”, se dijo con amargura, aunque sin poder contener esa mezcla de admiración y rabia por su destreza, teñida por el temor de lo que significaba estar tan íntimamente ligada a un hombre que trataba la vida como un juego, uno que ella no estaba segura de saber cómo jugar.
—¡No te dejes dominar más, Vivian! Demuéstrale que tú puedes jugar tu propio juego, que se dé cuenta de que tu mundo no gira en torno a él —dijo Adara con malicia.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, aun sin entender del todo lo que le sugería su amiga.
—¡Búscate un amante! Y hazlo pagar por su desplante —exclamó la mujer molesta.
«A menudo, la verdadera grandeza se esconde en la sombra de la apariencia».