Sin embargo, segundos después, la duda de Alicia se volvió seguridad al sentir cómo Augusto respondió a sus movimientos. Sintió cómo las manos del hombre descendieron por su espalda hasta alcanzarle la cintura, ajustándola más contra su cuerpo musculoso y caliente. Nunca había sentido algo tan perfecto en su vida, y saber que lo había provocado ella le dio un extraño placer, dio un gemido ahogado cuando sintió la dureza de su excitación en su vientre, las sensaciones la tenían abrumada, ajena del mundo exterior. Hasta que esa burbuja fue rota cuando se abrieron las puertas del elevador y una señora de esas estiradas, de las que creen que son más santas que los demás porque van a misa todos los días, salió riñéndoles, mientras se santiguaba. —¿Cómo se les ocurre dar ese espectáculo a la

