Las palabras de revelación retumbaron en los oídos de Alicia como una traición susurrada, y la chispa de la verdad la encendió con un fuego helado. Todo había sido un engaño, una cuidadosa estratagema tejida por su tío, utilizando a Augusto como peón para seducirla. Pudo sentir cómo su corazón, antes pleno de amor e ilusión, se fragmentaba en mil pedazos, dejando una herida abierta que ningún consuelo podría suturar. El dolor le atravesó el pecho, punzante y feroz, asimilable solo a la sensación de una lanza clavándosele sin misericordia alguna. Las lágrimas brotaron sin control, empañando la realidad frente a sus ojos mientras corría hacia la habitación, huyendo de la mentira en la que había vivido. —Mi amor, por favor, no te vayas, escúchame, te juro que... —la voz suplicante de A

