Alicia estaba pálida, a punto de desmayarse, eran tantas cosas que le habían ocurrido en las últimas horas que se sentía abrumada, parecía que iba a desmayarse en cualquier momento. —Cálmate, Alicia —dijo Víctor, su voz poderosa y usualmente controlada, evidenciando un atisbo de emoción. No podía negar la marca, ni ese vínculo inesperado que en ese preciso instante cobraba vida ante sus ojos. Se acercó a ella, su estatura dominante, contrastando con la fragilidad de la revelación. Quería hacerla desistir, porque no deseaba que ella sufriera, por eso hizo un último intento de negarlo. —No hagas suposiciones precipitadas. Alicia se alejó, sacudida por lo que estaba pasando. El silencio colmaba la habitación mientras intentaba juntar las piezas dispersas de un rompecabezas que ni siqui

