—Lo siento mucho, no estaba prestando atención —se disculpó Jan, genuinamente apenado por el incidente— ¿Estás bien? Espero que no te haya lastimado. —Deberías tener más cuidado —le reprochó ella, pero luego su expresión se suavizó ligeramente. Lo observó detenidamente, como si evaluara sus intenciones antes de responder con una voz que era una caricia envuelta en hielo. —Estoy bien, aunque no puedo decir lo mismo de mi auto. Este tipo de distracciones pueden ser costosas, señor... —Jan. Mi nombre es Jan Rodríguez. —le ofreció su mano, como un gesto de paz. Ella lo miró con un segundo con desconfianza, pero antes de que pudiera darle su mano se entrometió Adara. —A nosotros poco nos interesa quien seas, lo único que nos importa de ti es que pagues los daños, por eso necesitamos llama

