El aire se volvió pesado, cargado de tensión, mientras la exigencia de Vivian pendía como una guillotina sobre el cuello de Alicia. Víctor apretó la mandíbula y su silencio se prolongó durante una eternidad que gritó más fuerte que cualquier palabra. ¿Será que aceptaría la petición de su esposa? Su quietud podría haber engañado a cualquiera haciéndole creer que estaba deliberando, pero en el fondo, la verdad lo tenía claro: Jamás podía dejar marchar a Alicia, ella se había vuelto esencial para él. Entretanto, los ojos de Alicia, aceptando su destino, se encontraron con la fría mirada de Vivian. —Si ese es su deseo, señora —su voz apenas superó el susurro—, no es necesario que me despida. Yo renuncio y así usted estará tranquila. Ese fue el catalizador que rompió la parálisis de Vícto

