Primer encuentro con Lion

1053 Words
El amanecer en la Marca de Medianoche no traía luz, sino una neblina espesa teñida de gris. El silencio que reinaba en el castillo era engañoso; bajo sus muros, las intrigas hervían. Selene había pasado la noche sin dormir, repasando una y otra vez las palabras de la profecía. Uno caerá, el otro renacerá. Lion no hablaba mucho durante la caminata por los pasillos vacíos, pero su presencia era como una armadura. No sabía si podía confiar plenamente en él, pero el hecho de que arriesgara su vida para protegerla le hacía imposible ignorar la conexión que sentía. —¿Crees que esto es una trampa? —preguntó Selene en voz baja, sus dedos aferrando el pergamino que habían logrado esconder. Lion ladeó la cabeza. —No lo sé. Pero sé que el Consejo no actúa tan rápido sin un motivo fuerte. Alguien quiere que nos encontremos con esa profecía. Esa idea se le clavó como un alfiler en el pecho. ¿Y si todo estaba calculado? ¿Y si su papel en la historia no era una casualidad, sino una pieza movida por manos invisibles? Llegaron a las cocinas del ala este, un lugar donde los guardias raramente se molestaban en entrar. La anciana cocinera, una humana de cabello blanco y manos curtidas, los miró con un brillo extraño en los ojos. —Vayan al sótano. Allí estarán a salvo por un tiempo —susurró, sin dejar de cortar pan. Lion asintió y la guió hacia una trampilla oculta bajo una mesa. Bajaron por una escalera de piedra que los llevó a un túnel húmedo. El aire olía a tierra y moho, pero también a algo más… un aroma dulce y metálico que Selene reconoció de inmediato. —Sangre… —murmuró. Lion avanzó, encendiendo una lámpara de aceite. Las paredes estaban cubiertas de símbolos pintados con algún líquido oscuro. Selene se acercó y rozó uno con la punta de los dedos. Era tibio, como si hubiera sido dibujado hacía muy poco. —No toques nada —advirtió Lion, colocándose entre ella y la pared—. Esto es magia de atadura. Si quedas marcada, podrían seguirte a cualquier lugar. Selene tragó saliva, retrocediendo un paso. El túnel desembocaba en una cámara circular con un altar de piedra en el centro. Sobre él, una copa tallada con inscripciones antiguas descansaba como si estuviera esperándolos. Selene sintió que algo en su pecho latía al mismo ritmo que el aire que parecía vibrar a su alrededor. —Esto… esto estaba en mis sueños —dijo, con un hilo de voz. Lion giró para mirarla, sus ojos ardiendo con una mezcla de curiosidad y alarma. —¿Qué viste? Selene cerró los ojos. —La luna roja sobre este altar. Y tú… con las manos llenas de sangre. Un silencio denso se apoderó de la cámara. Lion se acercó, deteniéndose apenas a un paso de ella. —Entonces, Selene… tal vez la profecía no es algo que está por venir. Tal vez ya comenzó. Un ruido seco resonó detrás de ellos. La entrada al túnel acababa de cerrarse, y el sonido de pasos se acercaba desde la oscuridad. La lámpara tembló en la mano de Lion, proyectando sombras que parecían moverse solas. Los pasos se hicieron más claros, más cercanos… y no eran apresurados, sino lentos, casi calculados, como si la persona —o cosa— que venía supiera que no había escape. Selene dio un paso hacia atrás hasta sentir el altar en su espalda. La piedra estaba helada, y la copa sobre ella parecía emitir un leve pulso, como un latido. —No importa quién sea —murmuró Lion, colocándose delante de ella—. No tocará ni un solo cabello tuyo. De la oscuridad emergió una figura alta, envuelta en una capa negra que le cubría el rostro. En su mano izquierda sostenía un bastón tallado con runas, y en la derecha… un collar. No era cualquier collar: Selene lo reconoció al instante. Era el amuleto que su madre siempre llevaba, aquel que le había dicho que jamás debía perder. —¿Dónde lo conseguiste? —preguntó Selene, su voz temblando. La figura ladeó la cabeza, y una risa grave retumbó en la cámara. —Tu madre me lo entregó… justo antes de morir. El corazón de Selene se detuvo por un instante. No podía ser cierto. Había visto a su madre esa misma mañana antes de que fuera llevada al mercado. Lion se tensó, pero no apartó la vista de la figura. —Mientes —escupió él—. Y si no lo haces… estás a punto de arrepentirte de haber venido aquí. El desconocido dio un paso más, y la lámpara iluminó parcialmente su rostro. Tenía los ojos completamente negros, sin pupilas, y su piel parecía absorber la luz. —Selene —dijo, ignorando a Lion—. Tú eres la llave. La profecía no es sobre él… es sobre ti. Selene sintió que el aire se volvía más denso, casi irrespirable. Quiso preguntar, pero en ese momento, el amuleto comenzó a brillar con una luz blanca que llenó la cámara. La figura se cubrió el rostro y soltó un gruñido, retrocediendo. —¡Ahora! —ordenó Lion, tomando a Selene de la mano y tirando de ella hacia un pasadizo estrecho que apenas se distinguía en la pared. Corrieron sin mirar atrás, guiados por el instinto y el sonido de sus propios latidos. El túnel parecía no tener fin, hasta que finalmente desembocaron en un claro oculto en el bosque. El aire frío les golpeó el rostro, y Selene se dobló sobre sí misma, intentando recuperar el aliento. —¿Qué… qué era eso? —preguntó, mirando a Lion con los ojos muy abiertos. Él no respondió de inmediato. Solo se acercó y le apartó un mechón de cabello pegado a su mejilla por el sudor. —Sea lo que sea… ahora sabe que existes. Y no se detendrá hasta encontrarte. Selene tragó saliva, intentando ignorar el nudo que se formaba en su estómago. La noche en la Marca nunca había sido tan silenciosa. Y sin embargo, en ese silencio, juraría que podía oír una voz, lejana pero clara, susurrándole su nombre. Y supo, con una certeza que le heló la sangre, que aquel encuentro había sido solo el principio.
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