Yo seguía allí, de pie, con Lily en mis brazos, atrapada entre la respiración pesada de Davide y la mirada analítica de la funcionaria. Era como si el aire de la sala se hubiera vuelto más denso después de que él pronunciara esa palabra maldita: prometido. La mujer terminó de anotar algo en sus papeles, no sé qué, no quise mirar. Mis ojos ardían, pero no de llanto. Ardían por la impotencia. Por el veneno dulce y silencioso que Davide había dejado correr por toda la escena hasta quedarse con cada hilo de control. Aunado a ello la ansiedad que me causaba está tortura de que mi cuerpo no se adaptaba a la ausencia de la droga era horrible. Me sentía morir. Lily gimió, moviéndose contra mi pecho como si sintiera el temblor en mis manos. La apreté un poco más; no sabía si lo hacía para protege

