Nunca había sentido mis manos tan torpes, tan ajenas a mí, tan incapaces de obedecer. Temblaban sin parar mientras intentaba vestir a la bambina, como Davide me había ordenado. En su tono nunca percibí una expresión de petición sutil. Fue una orden fría, afilada, pronunciada con esa voz que me hacía sentir pequeña, tan pequeña que ni siquiera mi sombra me pertenecía. La bambina… Lily… Mi hija. Una hija que nunca había sostenido, que había imaginado en otro continente, en otra vida, lejos de mí porque eso me habían hecho creer. Mi hija, estaba aquí. Frente a mí. Respirando, moviéndose inquieta, mirándome con esos ojos grandes e inocentes que no entendían nada del infierno en el que estábamos atrapadas. Tenía miedo de tocarla. No sabía cómo hacerlo. No sabía si tenía derecho a hacerlo.

