La noche después del matrimonio fue un animal inquieto. Uno que se movía dentro de mí con la torpeza de algo que no está acostumbrado a vivir. Habíamos llegado a la casa sin decir una palabra. Enrico se encargó de recibir los documentos, ordenar a los hombres que aseguraran el perímetro y llevar las copias del acta a la oficina contable y al abogado Visconti. Según mis planes, todo estaba bajo control. Excepto yo. La casa estaba demasiado silenciosa. Pero no era ese silencio que da poder… sino uno que parecía amplificar la presencia de otro cuerpo, otro aliento, otra respiración… La de ella. Podía escuchar sus pasos inseguros subiendo las escaleras, podía oír cómo la niña en sus brazos soltaba un pequeño gemido de sueño. Y al mismo tiempo, podía sentir algo irritante, incómodo, travi

