Junto con los escalofríos involuntarios que le recorrieron la espalda por la cercanía de Gabriel, Leonica sintió que el corazón se le aceleraba al mencionar a su hijo. Con los ojos muy abiertos, apenas conteniéndose para no entrar en pánico y acabar soltándole a Gabriel una respuesta desagradable, se calmó y, con rapidez eficaz, apartó de un empujón al hombre que tenía delante. "No importa quién seas, Gabriel, esto ya se te está yendo demasiado de las manos", le advirtió. "Quienquiera que fuera ese hombre no tiene nada que ver contigo. Es asunto mío y, si yo fuera tú, dejaría de husmear. Lo natural que debería hacer un extraño". Puso un énfasis marcado en la palabra extraño. Sin darse cuenta, Gabriel se estremeció. Abrió la boca con intención de replicar, pero antes de que las p

