Gabriel no sabía cómo interpretar lo que sentía.
La mujer que tenía delante seguía siendo la misma, pero el aura que la envolvía había cambiado por completo.
Horas antes le había suplicado, desesperada por obtener su atención, y ahora lo enfrentaba como una leona orgullosa.
Más desconcertante aún era el dolor que había sentido cuando Leonica habló del divorcio con tanta convicción.
¿No era exactamente eso lo que él deseaba?
—Gabe, creo... creo que debería irme. No quiero que discutan por mi culpa —dijo Angelina, sacándolo de sus pensamientos.
Agachó la cabeza contra su pecho como si apenas lograra contener los temblores.
—Quédate —intentó tranquilizarla Gabriel.
Leonica soltó una risa desdeñosa y él volvió a clavar la mirada furiosa en su esposa.
Angelina ocultó una sonrisa antes de proseguir con su actuación.
—No. Será mejor que me vaya.
Se volvió para vestirse, pero apenas había dado unos pasos cuando fingió perder el equilibrio y se desplomó en el suelo.
—¡Angelina! —exclamó Gabriel, alarmado, mientras corría hacia ella.
Al no obtener respuesta, la levantó en brazos y apartó a Leonica de un empujón antes de salir a toda prisa.
Leonica permaneció inmóvil, viendo cómo su esposo se alejaba con su amante. La tristeza ocupó hasta el último rincón de su corazón. Gabriel jamás se había preocupado así por ella.
La última chispa de su voluntad por salvar aquel matrimonio se apagó como una vela consumida.
Se llevó una mano al vientre y murmuró:
—Lo siento, pequeño. No le hablaré de ti a tu padre. Cuando llegues al mundo, intenta no enfadarte demasiado con mamá.
* * *
Gabriel llevó a Angelina al hospital más cercano y exigió que la examinaran. Solo se tranquilizó cuando le aseguraron que se encontraba bien.
Después de contemplarla una última vez mientras dormía, salió de la habitación.
El médico había dicho que Angelina sufría demasiado estrés y debía descansar y evitar cualquier disgusto. Gabriel sabía que lo más sensato era quedarse con ella aquella noche. Sin embargo, el rostro de Leonica no dejaba de aparecer en su mente.
Maldita fuera. Si Leonica había engañado a su abuela y obligado a Angelina a romper con él, ¿cómo se atrevía a seguir fingiendo inocencia?
Necesitaba una copa. Una bien cargada.
Minutos después estaba en el bar al que solía acudir cuando quería olvidarse de su matrimonio. Se instaló en un rincón oscuro y bebió whisky en silencio, con la mirada perdida. Nadie sabía qué pasaba por su mente, pero su aura intimidante bastaba para mantener alejados a los curiosos.
—Hola, Gabriel —lo saludó Sebastian, uno de los hombres de su círculo.
Después de pedir una copa, volvió la atención hacia él.
—Veo que otra vez estás intentando ahogar tus penas en alcohol. ¿Qué ha ocurrido esta vez? ¿Un negocio salió mal? ¿Problemas familiares?
—Problemas con mi esposa. Con el divorcio, para ser exactos.
—Vaya. ¿Vas a divorciarte? —Sebastian arqueó las cejas, sorprendido.
Gabriel asintió sin expresión alguna. ¿Por qué demonios sonaba tan entusiasmado?
—Nunca habría imaginado que tú acabarías divorciado —continuó Sebastian con una sonrisa—. Entonces, ¿Leonica volverá a estar disponible?
La expresión de Gabriel se ensombreció.
—¿Qué has dicho?
—No pongas esa cara. Leonica es una mujer extraordinaria, pero en tu corazón solo hay sitio para Angelina. Debe de haber sido un matrimonio difícil. Si vas a divorciarte, ya no tendré que guardar las distancias. Aunque Leonica parezca un poco mojigata, tiene un cuerpo de escándalo. Tal vez debería cortejarla y descubrir cómo es en la cama.
Sebastian rio, sin reparar en la furia que acababa de despertar.
Gabriel se puso en pie de un salto, derribando la silla. Le asestó un puñetazo en la cara y, antes de que pudiera reaccionar, lo aferró por el cuello de la camisa y lo levantó del asiento.
—¡Gabriel! ¿Qué demonios te pasa? —exclamó Sebastian, forcejeando.
—Cuida tu boca. ¡Leonica sigue siendo mi esposa! —gruñó Gabriel.
—Tienes que calmarte de una maldita vez.
Sebastian consiguió liberarse y se alejó entre maldiciones.
Había sido Gabriel quien mencionó el divorcio. Sebastian solo estaba bromeando. Entonces, ¿por qué había reaccionado con tanta violencia?
Gabriel lo vio marcharse, todavía respirando con agitación. Ni él mismo entendía su reacción.
Debía de haber bebido demasiado.
—Llévame a la oficina —ordenó al conductor después de salir del Club Parrish y subir al automóvil.
El hombre asintió en silencio.
Media hora después, el coche se detuvo frente a su casa en lugar de hacerlo ante la oficina.
—Señor Bryce, hemos llegado.
Gabriel, que se había quedado dormido por el alcohol, abrió los ojos.
—¿Por qué estamos aquí? He dicho que me llevaras a la oficina.
—Lo siento, señor Bryce —se disculpó el conductor—. Lo oí murmurar el nombre de la señora Bryce y pensé que quería volver a casa.
Gabriel dejó de frotarse el entrecejo.
—Has oído mal. Estás despedido.
Sin añadir nada más, entró en la casa.
Subió las escaleras con paso inseguro, abrió la puerta del dormitorio y se detuvo al encontrar a Leonica durmiendo plácidamente en la cama.
Él estaba destrozado por todo lo ocurrido mientras ella dormía como si nada.