Capítulo 6

999 Words
  Gabriel se aflojó la corbata mientras se acercaba a la cama. El edredón se había deslizado hasta el borde y dejaba al descubierto el camisón de encaje con el que Leonica dormía.   La prenda realzaba sus pechos y las curvas de sus caderas, revelando la cantidad justa de piel para tentar a cualquier hombre.   «Tiene un cuerpo de escándalo. Ningún hombre lo pasaría por alto».   Las palabras de Sebastian regresaron a su mente y avivaron su irritación. ¿Por qué se vestía de una manera tan provocativa cuando su esposo no estaba en casa? ¿Esperaba que otro hombre la viera así? No era de extrañar que tantos la desearan.   Gabriel avanzó despacio hacia la cama, como si su cuerpo actuara por voluntad propia. El deseo le nublaba los ojos y la erección que presionaba contra la cremallera volvía incómodos sus pantalones.   «Tal vez debería cortejarla y descubrir cómo es en la cama».   Las palabras lo atormentaban. Cuanto más imaginaba a otros hombres cortejándola o acostándose con ella, más crecía su furia.   Leonica todavía era su esposa.   Subió a la cama y se inclinó sobre ella. Hundió el rostro en su cuello y comenzó a besar y mordisquear su piel.   La molestia despertó a Leonica.   —¿G-Gabriel? —preguntó, sorprendida, mientras sus ojos se adaptaban a la penumbra y distinguían la silueta que se cernía sobre ella.   —Cállate.   Él no le dio oportunidad de hablar. Capturó sus labios en un beso lento y profundo. Leonica percibió de inmediato el sabor del alcohol.   Comenzó a forcejear bajo su cuerpo. Ya no era la mujer dócil y complaciente de otras noches.   —¿Qué estás haciendo? —gritó, tratando de apartarlo.   —¿A ti qué te parece? —respondió Gabriel, con el aliento ardiente contra su piel mientras descendía con los labios por su clavícula.   La rabia se apoderó de Leonica al recordar la humillación de su noche de bodas. Gabriel también había estado borracho entonces, incapaz de olvidar a Angelina. Leonica había esperado que su marido la amara como a su esposa, pero él la trató como un sustituto de su antigua amante.   Después de aquella noche, la abuela lo había reprendido con dureza y Gabriel nunca había vuelto borracho a casa. Ahora que estaban a punto de divorciarse, Leonica jamás imaginó que tendría que revivir aquel horror.   ¿Qué había hecho para merecer que la humillara una y otra vez?   —Esto no está bien. Estás borracho. ¡Detente! —protestó, sin dejar de resistirse.   —¿Que me detenga? ¿No acabas de decir que seguimos casados? Entonces complace a tu esposo.   Gabriel le aferró la cintura con fuerza para inmovilizarla.   Leonica sintió sus dedos hundirse en su carne y dejó de forcejear. No quería que la presión lastimara al bebé que llevaba dentro.   —Gabriel, tú...   Los labios de él volvieron a aplastar los suyos, acallándola. Su lengua invadió su boca mientras sus manos recorrían y reclamaban su cuerpo.   Leonica hizo todo lo posible por contener cualquier sonido, pero Gabriel conocía demasiado bien las reacciones de su cuerpo.   Le cubrió un pecho con la mano y atormentó el pezón hasta que ella arqueó la espalda y rompió el beso con un gemido involuntario.   —Eso es. Gime para mí, zorra —le susurró al oído.   Leonica se estremeció cuando la mano de Gabriel subió por sus muslos, se deslizó bajo su ropa interior y encontró la humedad entre sus piernas.   Quiso replicar, pero un jadeo se le escapó cuando él introdujo un dedo y comenzó a moverlo. La excitación aumentó y sus músculos se cerraron a su alrededor.   Cuando Leonica estaba a punto de alcanzar el clímax, Gabriel retiró la mano y comenzó a desvestirse sin apartar los ojos de ella.   La posesividad de su mirada era tan evidente que, durante un instante, Leonica quiso creer que la amaba. Pero enseguida se preguntó si, en realidad, estaba viendo a otra mujer en su lugar. Después de todo, Gabriel casi nunca pronunciaba su nombre en la cama.   Su erección palpitaba bajo los bóxeres.   Gabriel le quitó el camisón, lo arrojó a un lado y le separó las piernas.   —G-Gabriel, espera —suplicó Leonica, apoyando una mano en su pecho para detenerlo—. Dime quién...   —Cállate. Deja que te folle.   Ignoró sus ruegos, se acomodó entre sus piernas y penetró en ella.   —¡Ah! —gritó Leonica, aferrándose a las sábanas mientras su cuerpo se adaptaba al tamaño de él.   Gabriel la llenó por completo y comenzó a embestir con profundidad. El corazón de Leonica rebosaba amargura, aunque su cuerpo respondía a cada movimiento.   Él siguió dominándola durante el resto de la noche, hasta que ambos alcanzaron el orgasmo una y otra vez.   * * *   Un gemido ronco escapó de los labios de Gabriel cuando abrió los ojos.   La resaca era terrible. Sentía que un tambor le golpeaba la cabeza y tenía la boca seca, como si estuviera llena de algodón.   Intentó incorporarse, pero todos sus músculos protestaron.   —Joder —masculló, cerrando los ojos con fuerza mientras esperaba que cesara el martilleo.   No ocurrió. En su lugar, los recuerdos de la noche anterior inundaron su mente.   Gabriel abrió los ojos de golpe y miró hacia el otro lado de la cama. Leonica dormía desnuda junto a él. Las marcas enrojecidas que cubrían su cuello eran testimonio de lo ocurrido.   Gabriel Bryce rara vez perdía el control de aquella manera.   Una oleada de rechazo y arrepentimiento se apoderó de él. ¿Cómo había podido cometer semejante error justo cuando todo estaba a punto de volver a su cauce? ¿Se había vuelto loco?   Negó con la cabeza, salió con cuidado de la cama y se vistió a toda prisa. Después de dedicarle una última mirada a su esposa dormida, abandonó la habitación.   Cuando se acomodó en el coche junto a su nuevo conductor, un recuerdo borroso atravesó su mente.   Leonica había intentado preguntarle algo durante la noche.   ¿Qué había sido?
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