Gabriel yacía inmóvil en la cama, con la mirada perdida fija en el techo blanco. Se había despertado hacía apenas una hora; sin embargo, no se había movido de donde estaba mientras su mente repasaba el sueño que había tenido. Había estado soñando. Un sueño del pasado y de un futuro que jamás ocurriría, uno que se sentía vívido y casi demasiado real. El sueño había comenzado con la primera vez que conoció a Leonica. La recordaba con claridad: la joven de cabello amarillo, vestida con un hermoso vestido blanco y una cálida sonrisa en el rostro. En el sueño, Gabriel estaba sentado en un sofá con su abuela cuando Leonica, junto con su padre y su madre, fue presentada ante él. Su primer encuentro. Sin embargo, el sueño cambió de rumbo rápidamente y de pronto estaban en un

