Punto de vista de Ryan
La vida es tan preciosa. A veces te da las mieles del éxito, y luego te noquea con el recelo de la infelicidad.
Aprendí eso de la peor forma posible cuando, cinco años atrás desde este día, en plena noche, mientras yo disfrutaba de la felicidad junto a mi novia de por entonces, mi mejor amigo, mi hermano hijo de otra madre, me llamaba para decirme que alguien lo seguía y que tenía miedo. Poco después supe que él había muerto.
Era Blake, y nos conocíamos desde que tenía uso de razón. Nuestros padres eran de esos que tenían mucha plata, tal cual yo ahora mismo… Él era mi roca… y ahora me encontraba en el aire.
Hoy era primero de septiembre, su quinto aniversario de muerte, y era mi deber como su mejor amigo y custodio volver a esta, la gran mansión de los Maier, para conocer qué se escondía detrás del misterioso sobre que Logan dijo era su testamento, y que solo podía ser revelado en este día.
Por supuesto, no era el único aquí, para nada. Por allí andaba Amy, la afligida viuda que ahora estaba casada con Gil, el hermano mayor de Blake. Ellos tenían un hijo, Colin, que había salido a su tío. También se encontraban Shaun, Max, Wyatt y otros amigos y conocidos, y sus padres.
Nadie vino aquí por casualidad. Todos recibimos una invitación por correo que nos convocaba, tal cual como esas películas donde el viejo millonario muerto se las da de estrella después de estirar la pata.
Honestamente, Blake siempre me pareció muy serio para estos espectáculos y misticismos, pero con el tiempo logré entender sus razones o, mejor dicho, estas me abofetearon a la cara, literalmente.
Hoy vestía un traje de cerrado n***o, como todos los días desde el primer año, y no pasó mucho para que los señores Maier se acercaran a mí.
—Ryan, cariño, qué bueno que viniste… Sabía que estarías aquí —saludó la señora Maier, Jude, una dama de cabellera rubia finamente bien peinada y un elegante vestido de tarde.
—Hace mucho que no nos visitas, muchacho, ¿en qué andas metido? —me preguntó Ewan, el padre, que vestía traje oscuro y corbata.
Él aún conservaba sus mechones pelirrojos a pesar de su edad, y era apenas un poco más bajo que yo.
—Ah… estos seis meses han sido duros. Me la he pasado más tiempo en aviones que en tierra. Estoy agotado —mascullé.
—Nadie dijo que atender un gran negocio sería fácil —soltó Ewan.
—Así es… Justo ahora estamos en una buena época, lo que implica un poco de relajación… Sin embargo, compromisos o no, no me perdería este día por nada del mundo.
La señora Maier me miró y asintió. Ese era el sentimiento general.
Cinco años atrás, nos llevamos un chasco cuando Logan comenzó a leer una carta escrita a puño y letra por Blake, donde decía que sus bienes quedaban congelados y que solo serían entregados en el día de su quinto aniversario.
¿Razones? Desconocidas para todos, y aquí estábamos.
Eran casi las tres de la tarde, la hora planteada, si acaso faltaban unos diez minutos, y ni sus luces de Logan. Él solía ser muy chulo, así que de seguro llegaría en los treinta segundos finales.
Seguí hablando con los señores Maier un poco más, y tomé un trago de los que los camareros ofrecían. Esta casa ahora era ocupada por Amy, Gil y su hijo, y se encontraba impecable con sus pisos de madera clara bien pulida y la ostentosidad por todas partes.
A Blake le gustaban los ambientes más industriales, pero el diseño de esta casa fue idea de Amy en su mayoría. Él hacía cualquier cosa por ella.
Entonces, mientras me daba la vuelta para conversar con alguien más, me di cuenta de que el mayordomo guio a alguien al interior, y la imagen de una preciosa rubia en un vestido de escote bateau corto y cintura alta llenó mis ojos.
La blancura de su piel contrastaba con lo n***o del fondo del estampado de grandes rosas blancas, y sus tacones la hacían imponente.
Su precioso cabello rebotaba con cada paso decidido, y admito que me quedé sin palabras al ver semejante estampa de seguridad entrar… y no fui el único. Todo el mundo en la sala se quedó en silencio.
Pero… ¿Cómo no?, si parecía una modelo. Con los tacones era hasta más alta que yo, y eso que yo mido más de metro ochenta.
Al verla dirigirse en mi dirección, tuve esperanzas de que me hablara por un momento, porque vamos, estoy guapo y lo sé… pero no; contuve la respiración cuando pasó por mi lado con andar suave, y no pude evitar fijarme en el contoneo de sus caderas escondidas debajo de la tela del corte cejado…
Ella solo siguió hasta un costado y se detuvo, pero… ¿Quién era?
No me iba a quedar con esta incógnita, no señor.
Nadie se atrevió a moverse cuando ella tomó una copa de uno de los camareros, por lo que caminé como todo un galán; sin embargo, los señores Maier me ganaron de mano, así que me detuve muy cerca de ellos.
—Señorita, buenas tardes —saludó Jude.
Ewan se detuvo a su lado.
Ella pestañeó un par de veces. No tenía pestañas postizas, lo que se me hizo muy extraño considerando la moda, y apenas llevaba maquillaje.
Les sonrió a los dos mayores y unió ambas manos sobre su regazo, junto a su monedero.
—Buenas tardes, señores Maier —saludó con cortesía.
Sus verdes ojos brillaron con una delicadeza que nos tomó a los tres por sorpresa (porque yo andaba de fisgón).
—¿Nos conocemos? ¿O conocías a Blake? —preguntó Jude, juzgando su aparente familiaridad—. No recuerdo haberte visto en el funeral.
«Yo tampoco», pensé en un jugueteo y sonreí por ese tonto pensamiento.
La dama rubia negó.
—No vine a su funeral, porque estaba en el extranjero y no podía dejar mi trabajo; sin embargo, su hijo y yo nos conocimos hace varios años atrás en Corea del Sur, donde resido. Él fue allá para finiquitar un negocio con con una empresa de la que yo era representante. Logan, su abogado, me llamó hace un tiempo y me dijo que debía estar aquí hoy.
Su voz era fina, y se expresaba con una educación que la mayor apreció.
—Ya veo… —murmuró pensativa—. ¿Cuál es tu nombre, señorita?
La rubia sonrió.
—Ellie Larson. Es un placer conocerlos a ambos.
Al escucharla presentarse, sentí un aire suave recorrer ese pequeño espacio, y la expresión de Jude se suavizó.
Ellos también se presentaron y, justo en el último minuto, el alma de la fiesta, Logan, al fin apareció.
Él era el albacea de Blake, encargado de custodiar que todo su patrimonio se manejara tal cual lo estipuló en su última voluntad.
Era un hombre de estatura media y un poco subido de kilos. Tenía unas buenas entradas, que cubría con una mata de cabello castaño que crecía a conveniencia. No traía nada más que un sobre grande entre manos, y eso era intrigante.
Todos lo dejamos pasar, como haciéndole un pasillo a la reina, y él se detuvo al final de la sala, junto a la chimenea.
Amy, Gil y los demás nos fuimos acomodando, y la recién llegada desconocida se quedó atrás, de seguro porque no conocía a nadie.
Pude ver a Logan asentir al verla, como haciendo su lista mental de que todos los que tenían que estar estaban. Se aclaró la garganta y comenzó:
—Pues bien, buenas tardes a todos, y gracias por venir. Tal como fue establecido por Blake Theodor Maier, hoy, primero de septiembre, en el quinto aniversario de su muerte, procederemos a la lectura de su testamento.
Logan abrió el sobre n***o con cuidado, era de tamaño oficio, y de allí sacó primero un sobre más pequeño. Dejó el grande sobre la mesa de centro y abrió el otro, del que salieron un par de hojas bien dobladas.
—«Buenas tardes a todos». —Comenzó a leer—«Primero que todo, me gustaría agradecer a Logan por hacer cumplir mi última voluntad tal cual lo deseo. Feliz quinto aniversario de mi muerte, debería decir».
Alrededor vi miradas cayendo, y no pude evitar respirar hondo. Sin importar el tiempo o el lugar, estas cosas me afectaban.
—«Me gustaría ser muy directo con esto, para ahorrarnos malgastar su tiempo».
»«Mi amada Amy, espero que Logan cumpliera su palabra y sigas recibiendo el estipendio que he establecido para ti».
Amy asintió gustosa desde el costado. Ella parecía ansiosa. Recibía una pensión de viudez que era, según tenía entendido, vitalicia sin importar si se casaba o no de nuevo.
—«Ryan, mi hermano, sé lo mucho que amas la lectura, y también cómo envidiabas mis libros». —Solté una risa sin poder evitarlo—. «Es por eso que te dejo la llave de mi estudio, que ha estado cerrado hasta ahora, para que tomes mi preciada colección y le des el cuidado que se merece».
Abrí los ojos de par en par por este señalamiento y, ante la mirada de Logan y de los demás, asentí.
—«Mamá, papá, en el mismo estudio se encuentra un pequeño cofre de cobre que guarda algo que es precioso para mí, y que me gustaría que cuidaran y mantuvieran como un recuerdo mío».
Sonreí al instante, y no pude evitar fijarme en el taciturno Gil y la ansiosa Amy. Los entendía… estas eran nimiedades comparadas con la razón de nuestra estancia en esta casa.
Poco a poco, Logan fue relatando como cada uno de nosotros recibía algo significativo de parte de Blake, incluso él mismo.
Cuando llegó a la última hoja, todos supimos lo que vendría.
—«Y por último, pero no menos importante, es hora del dinero. Todos saben que tengo esta hermosa casa en la que están ahora, también dos propiedades más, cuentas personales congeladas y mi participación accionaria en el Grupo Maier, todo eso en diferentes fideicomisos».
La ansiedad en la habitación creció, porque esto determinaría el flujo de muchas cosas, el futuro de cientos de personas.
—«Haciendo uso pleno de mis facultades, entrego cada uno de los ítems antes mencionados a Ellie Rosemarie Larson, quien además, al convertirse automáticamente en accionista mayoritaria del Grupo Maier, deberá ocupar la posición de CEO».
»«Ellie, sé que eres capaz de afrontar este reto. Espero que manejes lo que acabo de entregarte con sabiduría, y que lleves a la empresa de mi familia por el buen camino».
Un gemido general invadió el cuarto, y juraría que más de uno dejó de respirar. Logan cerró la carta y miró a un costado. Amy se levantó con la cara pálida y una mueca indignada, y preguntó con todo despectivo y molesto:
—¿Quién es esa «Ellie Larson»?
La madre de Blake miró en automático hacia la rubia que estaba detrás de todos. Ella tenía los ojos bien abiertos y, como cuestión de reflejos, todos terminamos mirándola con igual sorpresa.
Entonces, la dama sonrió con finura incomparable.
—Yo soy Ellie Larson. Es un placer conocerlos a todos —se presentó ella.
Y no pude evitar curvar mis labios en una sonrisa de complacencia y curiosidad.