En Oriente, a horas determinadas, la brisa del mediodía embriaga más poderosamente los sentidos del hombre que el vino de Tinos que se bebe con el nombre de malvasía; el corazón se funde como la cera; la voluntad se distiende, el espíritu se debilita. Si uno se esfuerza en pensar, las ideas se escapan como el agua que se va de entre los dedos. Se va a buscar un libro, un dulce y antiguo amigo y, sin querer, los ojos se desvían desde las primeras líneas; la mirada vaga, los párpados se abren y se cierran sin saber por qué. Es en esas horas de somnolencia y de dulce quietud cuando nuestros corazones se abren por sí mismos. Las virtudes masculinas triunfan fácilmente cuando un frío vivo nos enrojece la nariz y nos hiela las orejas, y cuando el aire de diciembre aprieta las fibras de la carne

