—¡Señor, es Rosa Venus! —exclamó Domínguez con urgencia. Raymund parpadeó varias veces, como si sus ojos intentaran engañarlo. Su mente se negaba a creer lo que veía. No podía ser. Si no fuera por esa máscara dorada, jamás habría considerado la posibilidad. —No… no lo creo —murmuró con voz rasposa—. La hemos buscado antes sin éxito. ¿Qué haría ella aquí? En una fiesta de los Rosenberg. No puede ser. —Pero, señor… ¡La máscara es la misma! —insistió Domínguez—. Y yo… yo conozco su rostro. Raymund sintió un escalofrío. Sus ojos se oscurecieron. Su mano, rápida como un látigo, se cerró alrededor del cuello de su guardaespaldas, apretando con una ira feroz. —¿Qué dijiste? —su voz era un gruñido contenido, peligroso—. ¿Cómo que lo conoces? Domínguez tragó saliva con dificultad. Sus man

