La crueldad en la voz de Anastasia retumbó en la habitación como el eco de un juicio implacable. Cassandra sintió el golpe de sus palabras como una daga helada que le atravesaba el pecho. Su cuerpo se estremeció, sus manos temblaron sobre la sábana del hospital, y sus ojos se llenaron de lágrimas que no podía contener. Había pensado que tal vez, había una solución, que no sería arrastrada de nuevo por las consecuencias de su pasado. Pero en un solo instante, esas ilusiones se desmoronaron. La mirada inquisitiva de Anastasia la hacía sentir pequeña, sucia, indigna. El miedo la consumió por completo: miedo a ser rechazada, a ser despreciada, a que Raymund, el único hombre que la había mirado con amor sincero, la viera como lo que tanto temía… como la Rosa Venus. Raymund, al escuchar

