El aire pareció volverse pesado, y el silencio que siguió a sus palabras fue casi insoportable. Domínguez la miró como si no pudiera comprender lo que acababa de escuchar. La abofeteó sin piedad, la mujer cayó al suelo con miedo. —¡Estúpida! ¿qué acabas de decir? ¿Sabes en que problema nos has metido? Ese paralitico es un imbécil, pero no demasiado tonto, ¿Qué harás si te lleva con un doctor para confirmar el embarazo? ¡Alya lo arruinaste todo! Alya apartó la mirada, sintiendo cómo una oleada de miedo la invadía. —No sé qué hacer... —murmuró, más para sí misma que para él, mientras sus lágrimas comenzaban a asomar, revelando la angustia—. Pero lo hice... por nosotros... por lo que quiero, ¿acaso no queremos ese dinero? —¡Cállate, déjame pensar! Déjame ver que vamos a hacer —dijo

