Domínguez sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando la mirada de Raymund se clavó en él, afilada y cargada de una furia contenida que prometía consecuencias. Sus manos temblaron ligeramente al entregarle el sobre, consciente de que había cruzado un límite peligroso. Raymund arrancó el sobre de sus dedos sin apartar la vista de él, su voz, aunque baja, era como el filo de un cuchillo. —Esto es mío… y tú no tienes derecho a tocarlo —susurró, pero el veneno en sus palabras fue más letal que si hubiera gritado. Domínguez sintió que el aire se volvía más denso, como si la rabia de Raymund pesara en la atmósfera misma. —¡¿Qué demonios hacen aquí?! —bramó de repente—. ¡Lárguense a trabajar! El rugido de su voz los hizo reaccionar. Domínguez y Carter inclinaron la cabeza en señal de

