Cuando Domínguez llegó a su departamento, la puerta estaba entreabierta. El aire en la habitación era denso, pesado, como si todo estuviera aguardando algo. Y allí estaba ella, inmóvil, observando cada rincón como si estuviera esperando una señal, una confirmación de que todo lo que estaba por suceder era inevitable. —¿Estás lista? —su voz rasposa, cargada de una expectación tensa, rompió el silencio que había llenado la estancia. Ella no lo miró de inmediato. Sabía que la pregunta era más que simple curiosidad, era una prueba, una prueba de su lealtad, de su determinación. Finalmente, sus ojos se encontraron con los de él, fríos pero llenos de una desesperación oculta. Un destello de desesperacion recorrió su rostro antes de que sus labios se abrieran, pronunciando una pregunta

