Al día siguiente El sol apenas comenzaba a iluminar los pasillos fríos del hospital cuando Raymund se dirigió a la recepción para liquidar la cuenta. Sus manos descansaban sobre los reposabrazos de la silla de ruedas, pero su mente estaba en otra parte, en la mujer que lo esperaba en esa habitación, en la promesa de un nuevo comienzo. Mientras firmaba los papeles, una voz familiar lo sacó de su ensimismamiento. —Señor, quiero hablarle sobre algo. Raymund alzó la vista. Domínguez lo observaba con una expresión tensa, sus ojos oscuros brillaban con cierta inquietud. —Ahora no, Domínguez. —Es Rosa Venus… Raymund sintió cómo un escalofrío le recorrió la columna. A pesar de todo, ese nombre seguía ejerciendo un extraño poder sobre él. Por un instante, su corazón pareció vacilar, pero

