Anastasia se apartó, la desesperación inundando su rostro. Su corazón latía tan rápido que sentía como si fuera a salirse de su pecho. Las manos le temblaban, y su respiración se hacía más pesada con cada segundo que pasaba. —¡Mi hija! —exclamó, la voz quebrada, como si una fuerza invisible le estuviera oprimiendo el pecho—. Dime, ¿Dónde está? ¿Por qué no me dicen nada? —sus palabras salieron atropelladas, mezcladas con el dolor de una madre que temía lo peor. Judith, al otro lado de la línea, guardó un silencio profundo, como si tomara tiempo para decidir sus palabras. Finalmente, habló, pero su tono era frío, distante, como si intentara evitar el peso de la realidad. —Pronto te lo diré, mujer... —la voz de Judith era firme, pero había algo en su tono que traicionaba una profunda i

