Raymund llegó a la empresa, y el ambiente pareció cambiar en el instante en que cruzó las puertas. Los empleados, acostumbrados a su temperamento rígido y su mirada fría, notaron de inmediato algo diferente. El ceño fruncido que solía llevar como armadura se había suavizado, y su andar, aunque firme, parecía menos pesado. El rumor comenzó a extenderse como un susurro colectivo: el amor estaba obrando milagros en el señor Rosenberg. Raymund estaba en su despacho, revisando un contrato importante. La luz del mediodía entraba por los ventanales, iluminando su rostro serio. Domínguez, su asistente más antiguo y el único que se atrevía a abordar ciertos temas, entró con cautela. —Señor —comenzó Domínguez con tono firme—, ¿de verdad ya no desea encontrar a Rosa Venus? Porque estoy com

