Los ojos de Raymund hablaban más que mil palabras. Alya sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El aire en la habitación se volvió denso, sofocante. Su instinto le gritaba que corriera, que huyera de esa mirada llena de furia contenida, pero sus piernas estaban inmóviles, permanecía en la camilla, recostada. —Yo… —balbuceó con voz apenas audible. —Déjenos a solas, doctora —ordenó Raymund, sin apartar los ojos de ella. Alya sintió cómo su corazón martillaba con una violencia aterradora. Su miedo era absoluto. Apenas la puerta se cerró detrás de la doctora, el hombre empujó su silla hacia adelante, acercándose a ella con una determinación helada. —¿Así que mentiste? —soltó, con una calma que helaba la sangre más que cualquier grito. Alya tragó saliva. Sus manos temblaban.

