Eran las tres de la mañana cuando Yaneth se despertó, sintiendo que la habitación le quedaba pequeña. El aire acondicionado parecía insuficiente ante el calor que le subía por el pecho. Se sentó en el borde de la cama, frustrada, con la respiración entrecortada. El deseo la asaltaba sin previo aviso, una pulsación vibrante e incómoda en su intimidad que la hacía retorcerse entre las sábanas de seda. "¿Qué me está pasando?", se recriminaba, apretando las sábanas con rabia. "Son las hormonas, tienen que ser las malditas hormonas". Pero en el fondo sabía que no era solo eso. No podía dejar de pensar en la forma en que los músculos de la espalda de Thiago se tensaban bajo su camisa, o en el sonido de su voz cuando pronunciaba su nombre con esa nota de posesión. Ese deseo la ponía de un humor

