La noche en la isla había caído como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de innumerables estrellas que parecían diamantes esparcidos sobre un lienzo n***o.
La luna llena, un disco plateado y majestuoso, bañaba la playa con una luz etérea, transformando la arena en un camino de plata y las palmeras en siluetas danzantes. En el centro de este idílico escenario, una mesa elegantemente vestida esperaba a sus comensales.
Taylor había orquestado cada detalle con una precisión obsesiva. Lámparas parpadeantes proyectaban sombras danzantes, las luces reflejándose en las copas de cristal, y el aroma delicado de las flores que le acababa de regalar a Axel se mezclaba con la brisa marina.
El sonido del mar, un murmullo rítmico y constante, era la única música que rompía el silencio, creando una atmósfera de intimidad y misterio.
Axel, vestido con una camisa de lino blanco que Taylor había elegido para él, se sentó frente a él, la luz de la luna acariciando su rostro. Aún luchaba con los vacíos en su memoria, pero la presencia reconfortante y la sonrisa constante de Taylor habían logrado calmar gran parte de su ansiedad. Se sentía seguro a su lado, una sensación que, aunque confusa, era innegablemente poderosa.
—Es… es hermoso, Taylor— murmuró Axel, su mirada recorriendo la escena con una mezcla de asombro y gratitud. —Nunca había visto algo así. No que yo recuerde.
Taylor sonrió, sus ojos brillando con una emoción que Axel aún no podía descifrar del todo.
—Nada es demasiado bueno para ti, mi amor— respondió, su voz suave como la seda. —Quería crear un momento perfecto para nosotros. Un recuerdo que, incluso si no lo recuerdas ahora, se quede grabado en tu alma.
Le sirvió una copa de vino espumoso, el burbujeo delicado resonando en el silencio.
—Este es un vino que te encantaba —le dijo, su tono lleno de nostalgia fingida —Lo recuerdo perfectamente. Lo bebíamos en nuestras noches especiales.
Axel tomó un sorbo, el sabor dulce y efervescente le pareció agradable, aunque no despertó ninguna chispa de reconocimiento.
—Es bueno— admitió, ofreciéndole una leve sonrisa. —Gracias por todo, Taylor. Por cuidarme. Por traerme aquí.
—Es mi placer, esposo —dijo Taylor, su mano rozando la de él sobre la mesa. El contacto envió un pequeño escalofrío por la espalda de Axel —Eres lo más importante para mí. Y verte recuperarte, verte sonreír… eso es todo lo que necesito.
Mientras comían, Taylor tejía historias de su pasado juntos. Le hablaba de su primer encuentro, de la chispa que sintió al verlo, (Sintió la chispa, pero eran enemigos).
De las largas conversaciones hasta la madrugada, ( Se llamaban para amenazar con destruirse).
De los sueños que compartían para el futuro. (Sueños que se robaban el uno al otro en cada proyecto que participaban).
Cada relato estaba cargado de detalles emotivos, de gestos tiernos, de miradas significativas que hacían que Axel se sintiera cada vez más atraído por el hombre que tenía delante.
—¿Recuerdas esa noche en París?— preguntó Taylor, su voz teñida de una dulzura melancólica —Estábamos en un pequeño bistró, llovía afuera, y tú me dijiste que me amabas por primera vez. Fue el momento más mágico de mi vida. (Se vieron y le dijo que lo odiaba).
Axel frunció el ceño, intentando visualizar la escena. Solo veía una vaga imagen, una sensación de euforia, pero nada concreto.
—No… no lo recuerdo, Taylor. Lo siento.
Taylor no mostró decepción. En cambio, su rostro se iluminó con una comprensión comprensiva.
—No te preocupes, mi amor. Sé que es difícil. Pero quiero que sepas que es verdad. Y yo también te amo, Axel. Te amo más de lo que las palabras pueden expresar. —Se inclinó sobre la mesa, su mirada fija en la de él. —Quiero que sepas que estoy aquí para ti. Para ayudarte a reconstruir tu vida y para recordarte que me amas. No estás solo en esto.
Axel sintió una oleada de gratitud y afecto. La sinceridad en los ojos de Taylor, la forma en que lo miraba, lo hacían sentir deseado, importante. Era fácil dejarse llevar por esa corriente de atención y cariño, especialmente cuando su propia mente era un lienzo en blanco.
—A veces, Taylor —confesó Axel, su voz apenas un susurro, —siento que me estoy enamorando de ti. A pesar de que no te recuerdo, siento una conexión especial. Algo me dice que eres importante para mí.
El corazón de Taylor dio un vuelco, una pequeña victoria que saboreó con disimulo.
—Y esa conexión, esposo, es nuestro amor —respondió, su voz cargada de emoción —Es el amor que siempre ha existido entre nosotros, esperando a ser redescubierto. —Se levantó de la mesa y se acercó a él, extendiéndole la mano. —Ven, Axel. Vamos a caminar por la playa. Bajo la luz de la luna, tal vez.... recuerdes algo. O tal vez, simplemente, crees nuevos recuerdos. Recuerdos de este momento, de nosotros, aquí y ahora.
Axel tomó su mano, sintiendo la calidez y la suavidad de su piel. Juntos, caminaron por la orilla, las olas lamiendo suavemente sus pies. La luna los envolvía en su resplandor plateado, creando un aura de ensueño a su alrededor.
Axel, a pesar de la ausencia de recuerdos, se sentía extrañamente en paz, cautivado por la belleza del lugar y por la presencia del hombre que le ofrecía un mundo de amor y seguridad.
—¿Sabes, Taylor?— dijo Axel, deteniéndose y mirando las estrellas. —Aunque no recuerde nada, siento una profunda felicidad aquí contigo. Siento que estoy donde debo estar.
Taylor se detuvo a su lado, su brazo rodeándolo protectoramente.
—Y yo siento lo mismo, mi amor—susurró, su aliento cálido contra su oído — Contigo, cualquier lugar es nuestro hogar. Y esta isla, bajo esta luna, es solo el principio de nuestro paraíso.
Axel se giró hacia ella, la luz de la luna iluminando sus rostros. En ese instante, rodeado por la magia de la noche y la aparente devoción de Taylor, Axel sintió que algo dentro de él comenzaba a florecer.
No era un recuerdo, sino una nueva emoción, una atracción genuina que nacía de la conexión presente, alimentada por las historias cuidadosamente tejidas de Taylor y la promesa de un amor eterno. Se inclinó hacia él, y bajo el manto estrellado, sus labios se encontraron en un beso tierno y esperanzador, un beso que sellaba la ilusión de un amor recién descubierto, construido sobre la arena de la memoria perdida y la astucia de un corazón dispuesto a engañar para poseer.