Camila bajó cerca de la tarde a la sala, quería estirar las piernas un poco. Madelin se lo permitió, ya que el día aún era visible en la residencia. Decidió ir con ella y acompañarla. Su trabajo era estar con Camila cuando salga.
Camila caminó por los pasillos observando cada rincón de la gran mansión hasta entrar en la biblioteca privada, Madelin la dejó ahí, ya que no había peligro. Camila al entrar se encontró a Anton, el niño leía con tal concentración que no se dio cuenta de su llegada.
- No lo entiendo. – dijo frustrado tras leer un libro de astronomía a su corta edad. ¿De qué iba a servirle estudiar las estrellas cuando sea mayor?
- Tal vez pueda ayudarlo. – dijo Camila, cuya voz sorprendió a Anton y lo hizo dar un pequeño susto.
- Deberías tocar antes de entrar. – acusó el pequeño.
- Lo siento. La puerta estaba abierta y he escuchado que tiene problemas para concentrarse.
Anton la miraba detenidamente. Notó que estaba descalza y que aún tenía un pedazo de tela en el pie. Se preguntó por qué Rupert no había sido capaz de proporcionarle zapatos. Sin embargo, dejando de lado ese pensamiento, se dio cuenta de que Camila parecía ser una muchacha inteligente y pensó que tal vez ella podría ayudar a enfocar.
- Siéntate junto a mí. – dijo y se movió para brindar el puesto.
Camila se acercó, tomó el lugar junto al pequeño y observó el libro. Pasta gruesa y pesado con más letras que ilustraciones, lo que explicaba el aburrimiento de Anton. Miró lo que estaba escrito y eso la llevó a las estrellas. Sabía todos sus nombres gracias a su buena madre que siempre la hizo mirar al cielo y aprender los símbolos.
- ¿Tiene lápiz, borrador, regla y una hoja, amo Anton? – preguntó al tener una idea en mente.
Anton se estremeció por la palabra amo, su cuerpo como respiración fueron pausadas, sin embargo, no dijo nada y mejor entregó los materiales que solicitó Camila.
Camila empezó a dibujar algunas estrellas y hacer las constelaciones en la hoja. Luego recortó, pintó con pintura amarilla y las pegó en los espacios vacíos.
- La vida es mejor con imágenes, ¿No lo cree? – preguntó Camila al terminar.
Anton le dio una mirada incrédula y miró los dibujos. Estaba: orión, Libra, Cáncer, Lupus, todas las que existían. Ahora era más fácil identificarlas y saber sus nombres.
- Gracias, Camila. – dijo, pero no dejó ver felicidad. Sin embargo su voz reveló cierta satisfacción.
- Si quieres te ayudo con lo orígenes.
- ¿Harías eso por mí? – Anton estaba sorprendido. Sus maestras nunca fueron tan compresible.
- Si, es fácil.
Camila empezó a explicarle. A pesar de no tener una educación como sus hermanas en la escuela y colegio, ella se auto educó al tomar los libros que ellas no leían y botaban a la basura al terminar el año escolar y antes de ser encerrada en el internado. En una de esas y en la basura encontró el libro de constelaciones explicado por su madre. Jamás lo olvidó, pero por desgracias sus hermanas se enteraron y quemaron los textos. Lloró unos días, pero eso no hizo que se detenga, la mucama empezó a regalarle libros a escondidas y ella los guardaba debajo de la madera para que no suceda lo mismo con los otros.
La clase nunca fue tan fácil para Anton, Camila redujo más de 50 capítulos en una hora.
- Eres increíble, Camila. Gracias - pronunció Anton, dejando escapar una sonrisa que parecía brillar con cierto resplandor. Sin embargo, su alegría se vio interrumpida por la entrada de alguien. El niño se congeló, tanto su cuerpo como su sangre.
- ¿Por qué hay tanto desorden y el libro está lleno de dibujos? - preguntó Pavel, visiblemente molesto y disgustado. Llevaba gafas de sol, pero era evidente su enojo por el desorden.
Camila bajó la mirada de inmediato. No sabía si él era Rupert.
- Es mi culpa, amo. Lo limpió ahora mismo. – empezó a recoger evitando por completo mirarlo a los ojos o siquiera verle el rostro. El tipo era grande, cuerpo atlético, de músculos notables y cabellera oscura.
- Camila sólo trataba de ayudarme. – intervino Anton con voz temblorosa ante su hermano.
- ¿Y para ayudar se necesita destruir un libro y tu lugar de trabajo?
Anton negó con la mirada y la bajó al suelo incapaz de responder. Parecía un cachorro regañado.
- Retiras cada dibujo espantoso de ese libro y subes a tu habitación en este instante. Yo subiré personalmente a tomarte la lección.
El niño bajó la mirada entristecido y salió del lugar sin poder responderle. Camila sintió formarse un nudo en el estómago al sentirse mal por lo ocasionado. Quiso ayudarlo y terminó en darle problemas.
Al tener todo recogido y limpio, empezó a caminar en silencio, hasta que sintió una mano recaer en el cuello.
- Primero salgo yo y después puedes hacerlo, tú, Camila. – le dijo Pavel y antes de avanzar agregó. – recuerda no verme al rostro, ni siquiera lo pienses.
Su voz sonó exactamente igual a la de Rupert que hizo que su corazón se detuviera como el cuerpo.
No alzó la mirada hasta que escuchó la puerta cerrarse.
Respiró tranquila, esperó unos minutos más y luego salió de la biblioteca
. . . . . . . . . .
Al ver la hora y darse cuenta de que faltaba una hora para la noche, Camila se dispuso a ir al jardín. Rupert no podía estar en todas partes. Con paso decidido, caminó sola hasta llegar a un espacio de juegos que consistía en columpios para niños. Aunque indecisa al principio, finalmente tuvo que montar en uno de ellos. El viento sopló ligeramente, haciendo que se equilibrara un poco, y ese pequeño momento de alegría instantáneamente iluminó su corazón.
Recordó su infancia, cuando observaba a sus hermanas jugar con muñecas nuevas mientras ella tenía solo una hecha de trapo que era su tesoro. Camila solía jugar en secreto durante la noche, ya que su vida estaba llena de tareas pesadas y la responsabilidad de limpiar la casa.
En una ocasión, su padre irrumpió en su habitación, en busca de un reloj de oro que había desaparecido, y sin encontrarlo, descubrió la muñeca de trapo que Camila había fabricado para ella misma.
Con rabia, su padre le preguntó
- ¿Qué demonios es esto, Camila?
Ella al sentirse delatada respondió tímidamente y nerviosa
- Es mi muñeca, papá.
El hombre sonrió maliciosamente, tomó la muñeca y agarró con fuerza el brazo de Camila, lastimándola. Luego, la arrastró hasta la chimenea de la casa.
Gritando, le reprochó a Camila.
- ¡No tienes derecho a divertirte, maldita sea! - acto seguido, arrojó la muñeca al fuego y la amenazó diciendo. - Si vuelves a fabricar una muñeca, te venderé al mejor postor.
Camila, entre lágrimas prometió no volver a hacer ninguna muñeca con tal de evitar ser vendida. Su padre, cansado de verla llorar la dejó sola. El comportamiento abusivo de su padre le impidió ser feliz como cualquier niña que solo deseaba jugar y divertirse.
Camila miró dentro de la chimenea cómo su muñeca de trapo era consumida por el fuego. Aunque limpió sus lágrimas, se preguntó por qué su padre era tan cruel con ella, negándole la felicidad de una niña que solo quería ser eso, ser feliz.
- Al final si me vendiste, papá. – murmuró Camila mientras rememoraba aquel doloroso recuerdo.
Luego, ella agarró las cadenas del columpio y decidió columpiarse un poco antes de que la noche cayera por completo. Una sonrisa escapó de sus labios, sintiéndose tan libre como un ave y experimentando una alegría aún mayor al contemplar el atardecer más hermoso que jamás había visto. El cielo se teñía de un rojo intenso que se volvía impecable ante sus ojos, y a pesar de ese color, el sol seguía presente, mientras las estrellas comenzaban a aparecer.
Sin darse cuenta, un automóvil ingresó a la residencia Romanov; era Viktor.
- Detén el coche un momento. – ordenó a Roman.
El chofer obedeció. Él también se dio cuenta que Camila estaba en los columpios. Sólo pudo cerrar los ojos pensando en el problema de la chiquilla que se le venía encima.
- Continua. – volvió a decir, ignorando por completo la imagen de Camila.
Aliviado, el chofer asintió y avanzó hasta acercarse a la residencia donde dejó a Viktor. Mientras tanto, Camila, al darse cuenta de que estaba oscureciendo, comenzó a correr, pero se detuvo en seco al ver que la figura de Viktor estaba a punto de entrar. En ese momento, Viktor también pudo ser confundido con Rupert, cosa que alarmó su corazón. Viktor es unos centímetros más alto que Pavel y sus músculos eran más notables. Tenía el mismo cabello oscuro y, además llevaba gafas de sol.
Camila bajó la mirada y guardó silencio, sin atreverse siquiera a mirarlo a los ojos.
- Entra rápido, no me mires a los ojos y sube a tu habitación. – dijo Viktor al sentir la presencia de Camila detrás de él.
- Como usted ordene, amo. – respondió Camila sin mirarlo y se apresuró en subir lo más rápido posible a su habitación.
Una vez en su habitación y con el estómago lleno, Camila se recostó para descansar. En sus sueños, una hermosa melodía de piano comenzó a sonar, parecía tan real que la obligó a sonreír. Con el corazón alumbrado, Camila se dejó llevar por melodía de algun pianista que tocaba a media noche.
Indecisa, pero feliz decidió salir de la habitación en completo silencio persiguiendo la sinfonía que la llevó hasta a la sala envuelta en la más profunda oscuridad.
Escondida de tras de la pared, lo único que sus ojos avanzaron a distinguir fue una figura imponente moviéndose y bailando sus dedos sobre las teclas del piano, como si no tuviera dificultades para ver en la negra noche. Sea quien fuera, tocaba con maestría, logrando que Camila lo admirara en silencio mientras estaba escondida para no arriesgarse a ser descubierta.