Capítulo 1: Primer encuentro.

3058 Words
Algunos meses atrás. PVO Ayde. —Aún no sé por qué demonios acepté venir contigo, Ayde, es frustrante, casi un insulto para él. Seremos el hazmerreír cuando nos vean entrar con estos vestidos baratos, ya verás, me darás la razón. —Ya, ya, deja de quejarte, Tory. Eres una exagerada —le digo mientras observo con detenimiento —y preocupación— mi vestido floreado. Para mí es presentable y el que ella tiene puesto también está bonito. Es uno turquesa, corto aunque un poco escotado. No me gusta, pero a ella sí. Es su estilo, pero no está mal. —¿Y dónde dijiste que era la fiesta? —Bueno, aquí en la tarjeta dice “Maison Garden”. Solo debemos presentar la invitación y nos dejarán entrar. —¿Qué? ¡¿En el Maison Garden?! Dime que no es cierto. —Sí, eso dice —me quita la invitación de las manos—. ¿Conoces el lugar? Tory, una de mis mejores amigas, maldice por lo bajo con una sonrisa. Ella no es nada callada; al contrario, es sociable, extrovertida y llena de energía —muy distinta a mí—, pero aun así fue la única persona con la que decidí venir, ya que, al igual que London, nuestro mejor amigo, conoce en algo la ciudad de Nueva York. Para mí, en cambio, es la primera vez aquí. Hace unos días recibimos la invitación de nuestro amigo para acompañarlo en su fiesta de compromiso con una mujer de alta alcurnia, con dinero, bonita y —según lo que me contó London en nuestra última llamada— de muy buen corazón. Me alegra por él, se lo merece. Aunque, a diferencia de mí, Tory no ha estado muy entusiasmada con el tema, a pesar de haber compartido tantos años con él como compañeros de natación. No lo sé, ella puede ser un poco misteriosa a veces, con cierto aire de superioridad a pesar de ser de campo, y esa eterna esperanza de encontrar un marido millonario que la mantenga —un sueño algo ingenuo, si me preguntan—, pero, aun con todo eso, es alguien en quien puedo confiar. Crecimos juntas en el campo; conocemos la pobreza, las carencias, pero también la solidaridad y el cariño de la gente con la que convivimos. Sin la ayuda de nuestros vecinos, ni Tory ni London habrían llegado tan lejos ni participado en la competencia de natación aquí, en la ciudad. —¡Ese es uno de los salones más caros de la ciudad, Ayde!, de haberlo sabido, me hubiese alquilado un vestido más elegante, más caro, que llame realmente la atención —me tira la tarjeta—. Aunque es el lugar perfecto para conseguir un hombre que nos cumpla nuestros caprichos. ¡Como en las novelas! ¿Te imaginas? —¿Cómo? —le hago una seña para que calle mientras observo al chófer—. Y-yo no busco un hombre, Tory, y si algún día me enamoro, me gustaría que fuera alguien de nuestro pueblo, como London, amable, gentil, trabajador, y bueno, en la ciudad... Mi amiga suelta una carcajada, una que retumba en el lujoso auto que, por insistencia de mi amiga, London nos envió. —Ya deja de fingir inocencia, Ayde, no te va —aunque a veces puede resultar un poco molesta—. ¿O vas a seguir fingiendo también que no te gustaba London? ¿También? ¿Acaso a ella le gusta London? —Niégamelo. —¡Pero por supuesto que lo niego, Tory! —refuto sonrojada—. London es solo mi mejor amigo, jamás lo miraría de otra manera, y ya, deja de decir todas esas tonterías. Sr. taxista, ¿podría acelerar? Es que estamos tarde. Y de nuevo, otra sarta de risas de mi amiga. —Los millonarios no empiezan nada a la hora, tontita —se burla con media sonrisa—. Créeme, ellos arrancan sus eventos cuando se les da la gana. Y London, ahora que anda con una heredera millonaria, no será la excepción. Suspira con amargura. —Se olvidará de todos, nos verá como un estorbo, como la vergüenza entre sus nuevas amistades —ladea la cabeza, con mirada calculadora—. Aunque podríamos aprovechar eso. No escucho esa parte —porque sé que London no es así— y solo me centro en observar los enormes edificios que me parecen montañas con ventanas. Lo había visto en el celular y libros, pero nunca en persona, por eso mi emoción y ansiedad al verlas desde el taxi. ¡Es bellísimo! Y ojalá, sea así mi próxima estancia en esta ciudad. —¡Wow! Mira nada más —dice Tory quitándose esos huachafos lentes mientras bajamos del taxi. Yo estoy igual, asombrada por tanto lujo, pues el lugar resulta ser un enorme hotel lujoso. —Invitación, por favor. —Claro. Le entrego la invitación al conserje, sin dejar de observar a Tory, que ya busca hombre con la mirada, la conozco. —Por favor, primer piso directo, señoritas. —¿Y qué hay en el segundo? —se atreve a preguntar Tory con una sonrisa coqueta. No puedo creerlo. —En el segundo piso hay otro evento también muy importante, con reservaciones ilimitadas al hotel. —Oh, ¿en serio? —¡Tory! —Ok, entiendo, Ayde, ¡por Dios! Pero qué aburrida —toma la invitación—. Gracias, amigo, y disculpa a mi aburrida amiga. —Tory, en serio, te estás pasando del límite —llamo la atención, alejándonos de la entrada—. No puedes tener esas confianzas con alguien que recién conoces. La ciudad es peligrosa y podríamos... —Ya, ya, santa Ayde, perdón, solo fue curiosidad por saber. Ni que me fuera a infiltrar a una fiesta donde no me han invitado. Tiene razón, ella puede ser un poco atrevida, pero jamás mal portada. Dejo ese pensamiento a un lado, y ahora sí, me enfoco en buscar a nuestro amigo. —¿D-dónde crees que esté London? —pregunto con cierto temor. Hay mucha gente, y a mí no me gustan mucho las multitudes que digamos. Soy un poco tímida. —London es lo de menos, Ayde. En estos momentos debe estar atendiendo a sus distinguidos invitados. Disfruta la fiesta, de la comida, de los paisajes de este hermoso lugar, que no tendrás otra oportunidad como esta. Hazme caso. Y eso intento hacer durante los próximos treinta minutos: respirar, relajarme y disfrutar del ambiente, hasta que, finalmente, London aparece junto a su joven novia, tomados de la mano, en lo alto de un pequeño escenario. Las luces los enfocan y el silencio cae sobre todos cuando comienzan a decir sus votos simbólicos. Yo no puedo evitar emocionarme; sonrío como tonta, con el corazón lleno de alegría por ver a mi amigo tan feliz. En cambio, Tory… Parece a punto de explotar. Lo noto en su expresión rígida, en la mandíbula apretada y en esos ojos que echan chispas, como si en cualquier momento fuera a sacar humo por la cabeza o espuma por la boca. Ahora sí creo que le gustaba London y está sufriendo. —Iré a los jardines, Ayde. De verdad este lugar es sofocante, no lo soporto —dice Tory con fastidio, ajustándose el vestido antes de darse la vuelta. —De acuerdo, pero no tardes —le respondo con una sonrisa nerviosa—. Ya sabes que no conozco a nadie aquí, me siento como un bicho raro. Pero a Tory no parece importarle. Ni siquiera voltea. Y ahí me quedo yo, sola, en medio de aquella multitud elegante, llena de sonrisas refinadas y trajes costosos, preguntándome qué demonios voy a hacer ahora. —¡Ayde! —y, como si el cielo hubiera escuchado mis pensamientos, London aparece frente a mí. Verlo de cerca es distinto a verlo en el escenario: está más alto, más fornido, y ese terno elegante le da un aire distinto, como de otro mundo. Pero sigue siendo él, lo sé—. ¡Qué bueno que viniste! ¿Sola? Suelto una pequeña risita y echo un vistazo alrededor, buscando a Tory, pero no hay rastro de ella. —No, Tory vino conmigo —respondo—pero ya la conoces, ama este tipo de eventos multitudinarios y jamás pierde la oportunidad de aprovechar todo lo que sea gratis. —Y tú los odias —ambos reímos—. Lo siento, Ayde, pero en serio, que tú estés presente aquí significa mucho para mí. —Lo sé, no podía faltar al compromiso de mi mejor amigo, por cierto, me gustaría conocerla y darle unos consejos para que no se decepcione de ti —bromeo y volvemos a reír. —Debe estar por ahí, con sus primas o amigas, son muchas, pero apenas se desocupe, te la presento. Lara te va a simpatizar. —Si tú la elegiste, estoy segura. —Ya lo verás, hasta serán buenas amigas —insiste seguro—. Disfruta de la fiesta, y apenas mi novia tenga un tiempo, te la presento. —¡Perfecto! Al menos voy a comer bien esta noche, supongo. —¡Pero por favor!, mandé a preparar tus platos favoritos, incluidas las pizzas de berenjenas de nuestro pueblo. —¡Uy! —me sobo las manos, deseando probarlas—. Ya puedo sentir el agradable aroma hasta aquí. —Ah, es cierto, antes que lo olvide —busca algo entre sus ropas—. Espero que la tarjeta de presentación te guste. Tiene tu nombre y la inicial de tu apellido. Así será más fácil para ti para cuando busques trabajo. ¿Qué te parece? —¡Está hermosa, London! La última vez que hablamos le pedí de favor que me hiciera una, para dejar en mi hoja de vida y encontrar un trabajo en la enorme ciudad. —Era solamente una idea, pero ya que te gusta, mandaré a imprimir más. Aunque, ¿segura que no quieres trabajar para mí, Ayde? Tengo un puesto disponible, además tendrás tiempo flexible para seguir estudiando. —No, no —replico—. Quiero obtener un trabajo por mi cuenta, en el que yo me destaque y contigo solo tendría puros privilegios —bromeo, aunque en parte sería cierto. London y yo nos despedimos, él se pierde entre ese grupo de personas que hablan de negocios y yo, a comer, observar la decoración y esperar a Tory, que aparece después de un rato. —¡Pero por Dios, Tory! ¿Dónde has estado? ¿Estás bien? Tiene los ojos rojos y mirada algo perdida. Puede mantenerse en pie, pero se nota que ha tomado licor. —Estoy perfecta, solo estoy disfrutando de la ocasión, y tú deberías hacer lo mismo, Ayde. —No, gracias, prefiero las bebidas sin alcohol. —Aburrida —resopla y me entrega una copa con una bebida de color—. Apuesto a que no serías capaz de soportar una copita como esta —me reta con una sonrisa. —No, lo odio. —Ajá, y cuando trabajes para una empresa y tengan una fiesta, ¿también vas a seguir con tus bebidas infantiles? —bufa con sorna—Qué decepción, Ayde. Serás el hazmerreír. Me detengo y miro mi vasito de limonada, de pronto avergonzada, como si esas palabras me hubieran atravesado. —De verdad, ¿Se burlarán si no tomo licor en las fiestas, Tory? ¿Tú crees eso? —¡Pero claro! —responde con una sonrisa autosuficiente mientras da otro sorbo a su copa—. En Nueva York la gente de empresa bebe licores caros, elegantes, y tú, con tus juguitos de niña de campo, ¡por favor! ¿O es que tienes miedo de no poder soportar una copa? —N-no es eso…—le quito la copa y la tomo de un solo trago. Grave error para una principiante como yo. El licor baja como fuego y me quema la garganta. Tory sonríe satisfecha, y no tarda en poner otra copa en mi mano, y otra más. —Vamos, Ayde —susurra—Tienes que aprender. Saben horribles, amargas y están frías. Pero asiento, porque si quiero trabajar en esta ciudad, tengo que adaptarme, ¿no? Eso me repito, eso quiero creer. Después de un rato, el salón comienza a moverse. Me siento mareada, cansada, con sueño. Mis piernas se sienten ligeras, pero mi cabeza pesa una tonelada. —Tory, mejor volvamos al hotel —suplico, bostezando. —¿Qué? ¡No, Ayde! Mira, recién comienza lo bueno como para irnos —tiene razón; la música sube, la gente ríe, las luces giran—. Una fiesta así solo podríamos disfrutarla cuando London se case o cuando alguna de nosotras tenga un novio rico que nos lleve a estas fiestas y… —Deja de decir tonterías, yo… Todo empieza a ponerse borroso. Las luces se mezclan, las voces se alejan. Siento que, si no encuentro una cama —o una silla— voy a caer de cara al suelo. —¡Ya tú! increíble que no soportes más de tres copitas, Ayde —mi amiga me sujeta del brazo antes de desplomarme— Yo también estoy cansada, pero no puedo dejarte así. —Gracias —susurro, apenas consciente, mientras el mundo se me apaga poco a poco. Lo último que recuerdo es subir un ascensor, caminar por un largo pasillo y escuchar risas a lo lejos. Después, un ligero dolor en mis rodillas, creo que tropecé y caí, pero me levanté y ahora estoy en una mullida cama. Supongo que debo agradecerle a Tory por ser considerada de traerme a nuestro hotel y dejarme descansar, aunque debería levantarme y pedir que prendan el aire acondicionado. Hace mucho calor. —Vaya, ¿pero qué tenemos aquí? Unas manos, una presión extraña en mi espalda y en mi rostro me obligan a abrir los ojos, aunque los siento pesados. Parpadeo un par de veces y, cuando por fin enfoco, me topo con unos ojos oscuros, demasiado cerca de los míos. —¿Q-qué está haciendo? —logro articular mientras aparto su mano de mi mejilla—. ¿C-cómo entró a mi habitación? El hombre no se inmuta. Se quita la camisa frente a mí con total descaro, como si no hubiera nada fuera de lugar, y esa sonrisa burlona permanece en su rostro. ¡Sinvergüenza! —Esa debería ser mi pregunta —responde con calma—. ¿Cómo entraste tú a mi habitación? —¿T-tu habitación? Miro alrededor, pero la habitación está en penumbras. Todo me da vueltas. Mi cabeza late, el suelo parece moverse bajo mis pies, y por más que intento recordar cómo llegué aquí, no puedo. —Tory.—Susurro—¿Donde está Tory? Pero el hombre ni me escucha. —Pequeña corderita, no deberías colarte en suites privadas —murmura con una voz lenta, casi divertida—, y mucho menos presentarte así, ofreciéndote de esa manera. —¿O-ofrecerme? ¿De qué demonios estás hablando…? Sigo su mirada, que desciende directo a mi escote. Ahí lo entiendo. Mi vestido está demasiado bajo, con mis pechos a la vista. Un calor de vergüenza me sube al rostro y, de inmediato, me cubro con ambas manos. ¡NO!!!!! ¡Me vió! ¡Me vió! —Sabes, vengo de una aburrida fiesta de negocios —dice mientras se quita el pantalón y bóxer de manera descarada frente a mí, sin pudor alguno. ¡Dios, Dios!— y pensé pedir un par de sumisas que me complacieran esta madrugada, pero supongo que contigo estará bien. —¿C-complacer? ¿A que se... Antes que pudiera reaccionar, el desconocido me besa, toma mis muñecas contra la cama y, a pesar de que quiero patearle las pelotas, no puedo. No sé si sea su perfume, la forma en que me besa o su cuerpo presionando el mío lo que me hace perder fuerzas. Solo sé que se siente bien y que no quiero que pare. Está mal, mi cabeza me lo grita, pero mi cuerpo hace otra cosa. Es como si no fuera mío. Dios, no sé qué me hace este hombre ahí abajo cuando me abre las piernas, yo solo pido más, inconsciente, casi perdida en sus toques y besos que se notan son de un experto, de alguien que sabe lo que hace. —Corderita, no sabes lo bien que estoy pasándola. “Y yo”, pienso, pero de mi boca sale otra cosa, lo más cuerdo que puedo decir. —P-por favor para, para... —resoplo en medio de jadeos, con mi cuerpo semidesnudo, y que al lobo incita a más. —¿Segura que quieres que me detenga? —la respuesta es obvia, pero no respondo. Su boca está mordiendo mis labios de una manera que deseo que siga. No.Esto no es normal, algo está mal conmigo. No debería desear esta cercanía. No debería sentir cómo cada caricia me enreda más. Pero esa chispa, este fuego confuso, me está llevando al límite. No sé en qué momento este hombre me despoja de mi vestido y de mis otras prendas, y solo me doy cuenta de mi desnudez cuando siento un intenso dolor en mi sexo. «No, no, por favor no, duele, duele ». Esto no quiero, muy a pesar de que mi cuerpo lo desea, no debo, no debo. —Corderita, estás muy apretada, ¿acaso era... tu primera vez? No respondo, solo dejo que lágrimas caigan por mis mejillas, él lo nota y reparte besos por todo mi rostro, boca y, finalmente, en la frente con una ternura que me calma de manera inexplicable. —Sr... —sollozo, esperando que entienda que algo me pasa, y que no quiero que continúe, a pesar de que mi cuerpo desea lo contrario. —No me llames Sr. —esta vez lo dice con una voz tan tierna, que me confunde, y más con su mano acariciando mis cabellos—. Llámame Apolo, pequeña corderita, Apolo. “Apolo”. Cierro los ojos y, a partir de ese momento, pierdo toda la noción de la realidad, o de lo que pasó esa noche, y solo cuando despierto al día siguiente, me doy cuenta de la magnitud de lo sucedido. Me entregué, a un perfecto y bello desconocido.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD