Asco. Odio. Repugnancia. Todo se acumula en mi estómago, mi garganta, mi boca. Miro al techo y vuelvo a contar todas las líneas. Hay veinte de un lado. Veintitrés del otro. «Te odio. Me las pagarás». El reloj anuncia que es hora cerrada, las dos en punto de la tarde. Ya han pasado doce minutos desde que se fue... Eres fácil de calentar, Ariel. Mis dientes se aprietan, mis puños también, los gritos en mi cabeza comienzan a atormentarme. Pero logro contenerlos. Siempre has querido que sea un salvaje contigo. Hijo de puta, no tienes idea del verdadero monstruo que llevo dentro. El que acabas de despertar de su maldito encierro. Estuvo delicioso, gracias. «Esta me la vas a pagar». Me siento en el sofá cuando el cuello me duele de quedarme tanto tiempo acostada. Miro al

