—No me molesta, solo que... — respiró, y ella ve alrededor, señala la sala. —¿Son copas? — se acerca y huele —con vino y ¿Cola?, Caja de pizza, pasapalos. —¡Amelia!, deja eso — señala la camisa de Ángel. —Eso no es tuyo, espera… — me mira de arriba abajo —estás despeinada, un poco desarreglada y tu cara está roja como si acabarás de tener un orgasmo. —¡Amelia! ¡Por Dios! — vuelve a repasar todo el departamento y a mí. —¡No! ¿Es de Ángel?, Qué pregunta la mía, claro que es de él — empieza a aplaudir con cara de felicidad —no lo puede creer, mi amiga acaba de perder su virginidad. —¡Cállate! ¡Santo Dios! — espero que no la haya escuchado. —Ya... ¿Qué tal fue? O por Dios, qué indiscreta soy después de cinco años esperando este momento y yo los vengo a interrumpir. Me voy, pero eso sí,

