—Así que el Marqués recuperó sus tierras— repitió Lydia con voz ahogada. Salió de la habitación con la cabeza erguida. Ya no se sentía temerosa. Cruzó el vestíbulo y un lacayo le abrió la puerta de la biblioteca. El Marqués estaba parado junto a la ventana mirando hacia los árboles del parque. Se volvió al sentirla entrar y, por un momento sus miradas se cruzaron, pero ella no pudo descifrar la expresión de sus ojos. —¿Por qué me mintió?— preguntó Lydia en un tono de voz extraño. —¿Cuándo le he mentido?— contestó el Marqués frunciendo el ceño, como si considerara la pregunta impertinente. —Me dijo que no me había cambiado por sus tierras y yo le creí. —Y puede creerlo. No pedí nada, ¿me oye, Lydia?, nada, a cambio de que el Duque la reconociera como su hija legítima. —¿Entonces, cóm

