Capítulo VIII—Son las primeras luces del amanecer, Lydia se levantó de la cama y fue hacia la ventana para observar la Plaza de Berkeley. Había llorado hasta quedar exhausta, pero a pesar de ello no había podido dormir. Su agonía era aún más amarga al recordar lo feliz que había sido hasta entonces en el Castillo. Comprendía ahora que se había enamorado del Marqués desde el instante en que lo vio por primera vez. Quizá lo había amado siempre, desde que soñaba con él en sus fantasías infantiles. Pensó, desesperada, que lo único que podía ofrecerle era su corazón y que a él no parecía interesarle. Repasó una y otra vez, el momento en que él había entrado en la biblioteca, cuando le habló con tanta crueldad, traspasando su corazón como una daga. ¿Qué había hecho ella para recibir ese tra

