El Salón del Sol nunca había parecido tan vivo.
Candelabros de cristal derramaban luz sobre mesas interminables cubiertas de manteles marfil. El aire olía a especias caras, carne asada y flores recién cortadas. La música flotaba suave, medida, diseñada para tranquilizar conciencias y adormecer sospechas.
Cuando el duque James Webster apareció junto a Lizzie, las conversaciones se apagaron como velas al viento.
Ella vestía un tono claro, sobrio pero impecable. Nada ostentoso, nada provocador… y aun así, imposible de ignorar. Caminaba con la espalda recta, el mentón alto, como si el salón no fuera un campo de caza sino un tablero que ya conocía.
James, a su lado, ofrecía el brazo con rigidez contenida.
—Recuerda —murmuró él, apenas moviendo los labios—. Pase lo que pase, mantente cerca de mí.
—Siempre lo hago —respondió Lizzie, con una sonrisa tranquila que no alcanzó del todo a sus ojos.
En el trono, el emperador Matthew los observó con atención renovada. Su mirada se detuvo más de lo necesario en Lizzie, recorriendo cada gesto, cada inclinación de cabeza. A su derecha, la emperatriz Selene parecía una estatua de ónix, inmóvil, vigilante.
Y un poco más abajo, Angel Preston los miraba como si cada paso que daban fuera una ofensa personal.
La cena avanzó sin incidentes.
Copas alzadas. Brindis calculados. Risas que no llegaban a los ojos. El duque conversó con ministros; Lizzie respondió preguntas con cortesía impecable. Todo, en la superficie, parecía ir bien.
Demasiado bien.
Fue cuando sirvieron el plato principal que Lizzie lo sintió.
Un frío súbito, como si el aire hubiera cambiado de peso. Un murmullo que no provenía de la música ni de las voces. Algo… torcido.
Su mano buscó la de James sin pensarlo.
El contacto fue abrupto.
El duque se tensó de inmediato, como si le hubieran clavado una aguja. Sus dedos estuvieron a punto de apartarse por reflejo, pero entonces ocurrió.
El calor.
No ardiente. No violento. Un calor profundo, envolvente, que le recorrió el brazo y se le instaló en el pecho. Su respiración se desaceleró. El ruido del salón pareció apagarse.
James giró el rostro hacia ella.
Y por un instante, todo se aclaró.
El peso constante en su corazón, esa mezcla de culpa, duda y cansancio, se aflojó. Como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada durante años.
Lizzie lo miraba con una calma extraña, casi luminosa.
—Confía —susurró, apenas audible.
Él tragó saliva, incapaz de responder.
Desde su asiento, Angel apretó los dedos contra la mesa. Sus uñas mordieron la madera pulida. La forma en que se miraban, la cercanía, la mano entrelazada… todo le quemaba por dentro.
No apartó la vista. No podía.
La emperatriz Selene sí lo hizo. Observó la escena solo un segundo antes de desviar los ojos, como si ya hubiera entendido algo que los demás aún ignoraban.
Fuera del palacio, la noche era otra cosa.
Darius se movía entre sombras con la paciencia de quien ha aprendido que el tiempo es un arma. Desde una esquina discreta del patio exterior, observó a Crichton abandonar una puerta lateral, seguido poco después por la señorita Fonti.
No iban juntos. Eso habría sido demasiado evidente.
Fonti caminaba primero, envuelta en un manto oscuro. Crichton mantenía la distancia justa. Demasiado coordinados para ser casualidad.
Darius los siguió.
Los vio detenerse con criados, con mensajeros, con hombres que no vestían libreas imperiales pero conocían demasiado bien los pasillos del poder. Palabras rápidas. Monedas que cambiaban de mano. Miradas de reconocimiento.
Informantes.
Muchos más de los que había esperado.
—Interesante… —pensó, oculto tras una columna.
Fonti no solo recolectaba rumores. Los cultivaba.
Cuando finalmente se separaron, Darius ya tenía el mapa mental casi completo. Rutas, rostros, puntos de contacto.
Y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—Muy bien —murmuró—. Ya sé por dónde cortar.
Dentro del palacio, el banquete continuaba entre risas ensayadas y copas llenas.
Pero bajo la mesa, la mano de Lizzie seguía entrelazada con la del duque.
Y algo, silencioso y antiguo, comenzaba a reordenar las piezas.