5- Una cortesía envenenada

869 Words
La carta del conde Usher no tardó en llegar. Un sobre grueso, perfumado y sellado con cera roja fue entregado en mano al duque James Webster. Al abrirlo, James no perdió tiempo: ordenó preparar su carruaje y partió de inmediato hacia la mansión del conde, sin esperar siquiera al mediodía. No era una visita de cortesía. Era una advertencia con guantes de terciopelo. La mansión Usher, envuelta en el brillo pálido de la mañana, olía a flores marchitas y secretos mal enterrados. La puerta se abrió tras un leve crujido, revelando a una mujer alta y delgada, vestida con más elegancia de la que se esperaba en una ama de llaves. Su cabello oscuro caía con descuido estudiado y sus labios llevaban un toque de rojo innecesariamente atrevido para esa hora del día. —Bienvenido, su alteza —dijo con voz melosa—. Soy la señorita Fonti, ama de casa principal. Es un honor recibirlo. James asintió sin más y la siguió a través del pasillo alfombrado. Fonti caminaba unos pasos por delante, echando discretas miradas por encima del hombro. Su sonrisa se ensanchaba cada vez que creía que el duque la miraba, aunque en realidad él mantenía los ojos fijos en las paredes, en los cuadros, en todo… menos en ella. Al llegar al salón, Fonti se inclinó para anunciar su presencia. Pocos minutos después, el conde Rafielle Usher apareció por una puerta lateral, vestido con una bata de seda desabrochada y el cabello húmedo, apenas peinado, lo que delataba que lo habían despertado hace poco. —Creí que el té se tomaba en la tarde, su alteza —murmuró con un dejo de reproche mientras tomaba asiento frente al duque, cruzando las piernas con languidez. —Es menester que me presente con premura ante usted, pues el asunto que quiero discutir no da espera —respondió James con tono firme, dejando claro que no estaba allí para galanterías. La Srta. Fonti volvió con una bandeja plateada y se inclinó cuidadosamente al dejar el té y las galletas. Lo hizo con lentitud innecesaria, dejando entrever el escote de su blusa con una teatralidad sutil. Sin embargo, el duque apartó la mirada con indiferencia, lo que arrancó una mueca frustrada de sus labios antes de retirarse, decepcionada. Solo entonces James habló, su voz tan fría como precisa: —Mi prometida ha estado atravesando una situación delicada. Hace unos días dejó de escribirme como solía hacerlo. En su última carta mencionó que vendría aquí, a tomar el té con usted. El conde levantó una ceja y sonrió con desdén. —Tomo el té con muchas damas, su alteza. Me temo que no puedo ayudarlo con eso. El duque unió ambas manos sobre el regazo, cruzando los dedos con calma calculada. —No estaría aquí si no supiera que ella está en esta casa. Se trata de la señorita Bass. Deseo hablar con ella ahora. La sonrisa del conde se crispó. Un destello oscuro cruzó su mirada antes de recomponerse. —Ella vino por voluntad propia. Dijo que ya no tenía dinero… y que había quedado prendada de mí desde el primer momento. Me sedujo —añadió con fingida tristeza, bajando la voz—. Lamento decir esto, pero no me resistí. Ella ya no es una señorita. James no reaccionó. Su rostro permaneció sereno, pero el ambiente se tensó como una cuerda a punto de romperse. —Me dijo que estaban comprometidos —continuó Usher con voz fingidamente afligida—. Pero también dijo que no lo amaba, que todo fue un acuerdo de familia, una formalidad para mejorar su posición. No quería lastimarlo, pero… —Aun así —interrumpió James con suavidad glacial—, me gustaría despedirme apropiadamente de ella ahora que, según usted, ha encontrado a quien ama. El conde se removió en su asiento. —Está muy cansada por… la noche que pasamos. —Dijo, cubriéndose la boca como si se le hubiera escapado algo—. Lamento mi indiscreción. James se levantó sin titubear. —Solo será un saludo. Si lo prefiere, puedo ir hasta su habitación. Aquello inquietó visiblemente al conde. Su mirada buscó una salida. —No hace falta, su alteza —dijo rápidamente. Se dirigió a la puerta… y allí la vio. La señorita Fonti, de pie tras la rendija, espiaba la conversación como si tuviera derecho a hacerlo. Su expresión estaba cargada de celos velados, y en sus manos temblaba un pañuelo que no necesitaba. —Ve a buscar a la señorita Bass —ordenó Usher en voz alta, lanzando una mirada rápida hacia el duque para que oyera. Luego, bajó la voz y se inclinó hacia ella con una sonrisa fría y una orden clara: —Dale algo para que no sepa ni quién es ella misma.- Dijo el conde mientras acariciaba el rostro de Fonti, la cual asintió rápidamente. La devoción en su rostro más cercana al amor posesivo que a la obediencia profesional. El conde volvió a su asiento, fingiendo calma. El té ya se había enfriado. James no dijo nada más. Pero sus ojos, fijos en los del conde, ya habían dictado sentencia, mientras este sudaba frío esperando que todo saliera tan bien como se esperaba.
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