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Me miro en el espejo del baño, ese espejo alargado que tantas veces me ha devuelto la imagen de una mujer perfectamente maquillada, esposa de un hombre serio, siempre con los labios pintados de rojo escarlata para impresionar a los demás, nunca para mí. Y ahora, aquí estoy: la cara toda manchada de rímel corrido, el delineado hecho un desastre, y la maldita base que parece yeso resquebrajado. Qué ironía, ¿no? Yo, Bianca, la viuda sexy de la colonia, llorando lágrimas negras como si fuera una actriz de película barata.
Tomo el algodón empapado en desmaquillante y me froto con rabia. ¿Rabia a quién? ¿A mí? ¿A mis amigas? ¿Al maldito stripper con músculos que parecen esculpidos por Miguel Ángel? O quizás rabia a Richard, sí, a mi difunto marido, que se murió y me dejó con este fuego en la sangre, con este hueco entre las piernas, con este vacío que no se llena ni con litros de vino ni con conversaciones con las malditas solteras del club.
El celular vibra de nuevo, lo maldigo, pero mis manos tiemblan por agarrarlo. Claro que quiero verlo. Claro que quiero espiar lo que me estoy perdiendo. Soy masoquista, ¿qué otra explicación hay? Y ahí está otra vez Camila, mi amiga con el pelo reluciente que siempre presume que no necesita de nadie. Ja. Mírala ahora, con las manos resbalándose por ese abdomen sudado del stripper, con los ojos como si se hubiera encontrado al mismísimo Dios. Y el tipo… ¡madre mía! Ese hombre no es un stripper, es un centauro, un animal, una bestia con ese bulto que apenas cabe en la tanga diminuta.
Me muerdo el labio, y siento cómo un calor se me va directo entre las piernas. Maldita sea, ni cuenta me di de que estoy gimiendo. Apago el celular de golpe, lo tiro sobre el lavabo como si quemara. No puedo seguir viendo eso, no puedo… pero sí puedo, y lo peor es que quiero.
Me giro hacia la tina. El agua ya está llena hasta el borde, las burbujas perfumadas con lavanda, jazmín y un toque de vainilla se elevan como si quisieran, invitarme a hundirme en ellas, a perderme, a olvidar. Me quito lo poco que me queda encima: las medias rasgadas del disfraz de diablita, el corsé rojo que me aplasta más de lo que me levanta, y la tanga… esa tanga que huele a sudor, a baile, a mi propia excitación reprimida. La lanzo toda hecha bola a un rincón y entro en la tina con un suspiro que parece un orgasmo.
El agua caliente me abraza, me envuelve como si supiera que estoy a punto de desmoronarme. Cierro los ojos, dejo que el vapor acaricie mi cara y me imagino, por un segundo, que no estoy sola. Que esas manos fuertes que vi en el video son las que ahora me recorren los brazos, el cuello, el pecho. Me arqueo apenas, y siento mis pezones duros contra la superficie del agua. ¿Qué hago? ¿Me detengo? No, claro que no. Bianca nunca se detiene, aunque el mundo la juzgue, aunque Richard me mire desde su tumba con cejas levantadas.
El celular vibra otra vez. Maldición. Estiro la mano mojada y lo agarro. Desbloqueo con la huella dactilar, y ahí está: otro video. Esta vez no es Camila. Es Julia, la más tranquila de todas, la que finge ser decente. ¡Decente mis ovarios! La veo de rodillas, con ese stripper agarrándole la cabeza como si fuera suya, empujando, empujando hasta que ella se atraganta y yo, Bianca, casi me ahogo de solo mirar. El gemido se me escapa más fuerte, el agua salpica, y me odio y me amo al mismo tiempo.
Cierro el video, tiro el celular en el piso, y me hundo bajo el agua. Un segundo, dos, tres. El silencio del agua me recuerda el silencio del cementerio. ¿Así se siente morir? No, así se siente querer vivir más que nunca. Salgo de golpe, jadeando y el pelo hecho una maraña. Y entonces me acuerdo de Emiliano.
Sí, Emiliano. El hermano de Richard. El hombre que hace unas horas me miró en el jardín como si pudiera ver debajo de mi piel, debajo de mis máscaras, debajo de mi viudez. Ese maldito británico con voz suave, con ojos que no se apartaron de mí ni siquiera cuando se me escapó ese gemido ridículo frente a él. Ese hombre que no tenía derecho a rozarme los labios, pero lo hizo, como si supiera que estoy ardiendo desde hace años.
Y ahí está la verdad que no quiero decir en voz alta: no estoy excitada solo por los videos de mis amigas, ni por los strippers, ni por la tanga voladora de Camila. Estoy excitada por Emiliano. Por cómo me sostuvo la mirada, por cómo me habló sin hablar. Por cómo me hizo sentir que sigo viva, deseable, peligrosa.
El agua de la tina empieza a enfriarse, pero mi cuerpo está más caliente que nunca. Paso mis manos por mi vientre, por mis caderas, por mis muslos. Cierro los ojos y ya no es mi mano la que me toca, es la suya. No es mi respiración la que escucho, es la de él, contenida, grave, prohibida.
“Bianca”, me digo en voz baja, “te estás volviendo loca.” Quizás sí. Quizás la locura es la única forma de sobrevivir después de perderlo todo.
Salgo de la tina con el agua escurriendo por mi piel, dejando charcos en el piso de mármol. Tomo una toalla, pero en lugar de secarme, me miro otra vez en el espejo. Y lo que veo no es a una viuda triste. Veo a una mujer de 40, con curvas, con arrugas finas que cuentan historias, con cicatrices invisibles que la hacen más fuerte. Veo a alguien que merece algo más que recuerdos y lágrimas.
Y entonces lo decido. No voy a quedarme encerrada mientras la vida me pasa por encima. No voy a dejar que mis amigas sean las únicas que gocen. No voy a seguir fingiendo que Emiliano es intocable, que no me interesa, que no me derrite con solo mirarme.
Me pongo una bata ligera, transparente, casi tan inútil como mi autocontrol. Camino descalza hacia mi habitación, todavía húmeda, dejando huellas en el piso. Más allá de mi oído se escuchan risas lejanas, música, gritos de placer que vienen de la sala donde mis amigas siguen pecando sin culpa. Y yo, Bianca, también quiero pecar.
Me tumbo en la cama, agarro el celular otra vez y, con una sonrisa traviesa, escribo en el grupo de w******p:
“Chicas, se creen muy atrevidas con sus juguetitos de carne. Esperen, que todavía no han visto de lo que es capaz esta viuda.”
Lo envío. Las notificaciones explotan, los emojis, las carcajadas, las respuestas burlonas. Pero yo ya no estoy mirando. Yo ya estoy pensando en Emiliano.
Y sé, en el fondo de mis entrañas, que esta noche no terminará en soledad.