Su cabeza descansa en mi pecho, todavía jadeando, con la piel húmeda y resbaladiza contra la mía. Puedo sentir el latido de su corazón desbocado, casi al mismo ritmo que el mío. La rodeo con el brazo, como si quisiera fundirla conmigo, sellar la idea de que es mía y que nadie más puede tenerla. —No tienes idea de lo que me haces, Bianca —murmuro, apretando los dientes contra su cabello sudado—. Me vuelves loco. Ella levanta apenas la cara, con esa sonrisa medio insolente, medio inocente, que me revienta el cerebro. —¿Y tú qué crees que me haces a mí? —susurra, mordiéndose el labio inferior. Ese gesto. Ese maldito gesto me da ganas de volver a darla vuelta, abrirla de nuevo y perderme en su cuerpo hasta que no recuerde su propio nombre. Mi mano empieza a bajar por su espalda, lento, pr

