El ambiente del bar o club, se volvió una mezcla extraña de carcajadas, miradas cómplices y esa corriente eléctrica que me recorría la piel cada vez que Emiliano se acercaba. Cuando unieron las mesas, quedamos todos apretados, y, por supuesto, ¿dónde creen que se sentó Emiliano? Exacto: a mi lado. Como si le hubiera puesto su nombre a la silla desde antes. Yo intentaba sonreír, beber un sorbo, distraerme con las bromas de Amelia, con las ocurrencias de Camila… pero el calor en mi nuca me delataba: Emiliano no me quitaba los ojos de encima. Ni un segundo. —¿Qué tal si jugamos? —propuso Isabella, con esa chispa traviesa que le brillaba en los ojos. —¿Qué clase de juego? —preguntó Thiago, suspicaz. —Verdad o reto —contestó ella, y yo casi me atraganto con la bebida. —¡No! —grité, demas

