Él se incorpora un poco, me mira con dureza, y entonces su voz cambia: se vuelve sucinta, protectora. —No va a pasar. Te lo prometo. Haré lo que haga falta. La promesa suena enorme en ese cuarto pequeño, como si pretendiera mover montañas. Quiero creerle. Quiero que alguien me diga que así basta, que con su fuerza podrá arreglar todo. Pero sé que las cosas no se rompen y se reparan así, con promesas hechas después del sexo. Quiero creerlo, pero mi escepticismo me mantiene en guardia. +++++++++++++++++++++++++++++++ El amanecer entraba apenas por las cortinas mal corridas del cuarto, y lo primero que sentí fue el calor de Emiliano pegado a mi piel. Su brazo pesado seguía enredado en mi cintura, como si no quisiera soltarme ni en sueños. Por un momento me quedé ahí, escuchando su respira

