Me puse un vestido ligero encima del bikini y me fui derechito a la alberca. Apenas llegué, me lo quité con un movimiento digno de pasarela. Sí, porque aunque esté sola, yo entro al agua como si hubiera diez fotógrafos esperando captarme. Me sumergí. El agua me abrazó y empecé a nadar, a nadar y a nadar. Cada brazada era como un exorcismo de pensamientos. Hasta que de pronto, mientras estaba flotando boca arriba, una de las chicas de la casa apareció con un vaso frío. —Aquí tiene, señora, un jugo de frutas. Le sonreí agradecida y le contesté: —Gracias, hermosa. —Agarré el vaso, y sí, lo bebí ahí mismo dentro de la alberca, como diva de película italiana. Cuando terminé, lo dejé en la orilla y seguí chapoteando, pero claro, nunca falta la interrupción. De pronto escuché esa voz que co

