Y justo en medio de la locura, entra una llamada. “Claudia”, aparece en la pantalla. Resoplo. Claudia, mi amiga Claudia: divorciada, abogada brillante, soltera empedernida y, además, una perra de las buenas. De esas que si te defienden en un juicio, no solo ganas, sino que también humillas a la otra parte. Contesto. —Buenos días, perra. Nena, en dos horas tenemos una reunión en mi casa. Yo, con el café en la mano, casi me lo escupo encima. —¿Quéeee? ¿Reunión? ¿Por qué? ¿Qué pasó ahora? ¿A quién demandamos? Del otro lado, escucho la risa socarrona de Claudia. —La reunión es porque Amelia se casará… o ya se casó. —¡¿Quéeeee?! —me pongo de pie de golpe, casi derramando el café en el piso de mármol—. ¡¿Cómo que se casó?! ¿Amelia? ¿La Amelia panadera? ¿La solterona oficial de cinco años

