Miserable, rota y sin salida

1049 Words
Cuando escucha esa voz, su corazón se paralizó por segundos. Rosie levantó la cabeza lentamente mientras las gotas de lluvia que escurren de su cabello se deslizan por su rostro como un recordatorio cruel de todo lo que había perdido en menos de veinticuatro horas. Frente a ella, bajo un paraguas n***o que apenas contenía la furia del aguacero, estaba Héctor. El mismo Héctor de traje impecable, expresión neutra y voz fría que ya conocía demasiado bien. —No… —murmuró ella, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada—. No otra vez. No usted. Héctor inclinó la cabeza ligeramente, sin mostrar sorpresa ni compasión. Solo un profesionalismo implacable. —Señorita Harper. Veo que el día no ha mejorado desde nuestra última conversación. Rosie sintió que el estómago se le revolvía. La última conversación. Aquella en la que, apenas unas horas después de rechazar a Maximus donde ella lo había rechazado con furia, casi escupiendo las palabras: «Dígale a su jefe que no acepto». Ahora, Héctor estaba aquí de nuevo. Y ella… ella estaba peor que antes. —¿Qué parte de “no” no entendió? —preguntó con voz ronca, temblando de frío y rabia—. Ya le dije que no. Ya le dije que no me vendo. —Usted tiene razón en algo, señorita Harper: su vida sí se convirtió en un infierno —continuó él, como si recitara un informe—. Y mire: tenía razón. Sin trabajo, después de años siendo la mejor casamentera de Hadas del Amor, despedida como si no valiera nada. Sin auto, ese pequeño bolita rojo que era su único escape, arrastrado por una grúa por deudas que no puede pagar. Sin casa, con la cerradura cambiada y un aviso de desalojo que no miente. Miserable, señorita Harper. Completamente miserable. ¿Cuánto más puede caer? ¿Dormir en un banco del parque? ¿Pedir en la calle mientras la gente pasa de largo? ¿Enfermarse de neumonía y terminar en un hospital público sin nadie que pague la cuenta?— intenta converserla Cada palabra era un golpe directo al orgullo que aún le quedaba. Rosie apretó los puños, las uñas clavándose en las palmas. Quería gritarle que se callara, que se fuera, pero la verdad dolía más que cualquier insulto. Era exactamente así: miserable, Rota y sin salida. —No necesito que me lo recuerde —susurró, la voz quebrándose—. Ya lo sé. Lo siento en cada maldita célula de mi cuerpo. Pero eso no cambia nada. No voy a casarme con Maximus Livingston. No voy a firmar su contrato solo porque él chasquee los dedos y usted aparezca como su perrito faldero. Héctor suspiró, un sonido leve pero cargado de paciencia infinita. —No vengo a obligarla a firmar aquí, en la lluvia. Vengo a repetir la oferta porque las circunstancias han cambiado. Radicalmente. —Hizo una pausa, mirándola de arriba abajo—. El señor Livingston no ha retirado la propuesta. Sigue en pie. Y ahora… ahora es más urgente para usted que nunca. Venga conmigo a la mansión. Hable con él directamente. No le pido que firme nada esta noche. Solo que escuche. Que vea con sus propios ojos lo que puede ganar… y lo que seguirá perdiendo si dice que no otra vez. Rosie soltó una risa amarga que se convirtió en tos por el agua que le entraba en la boca. —¿Ganar? ¿Casarme con un hombre cruel, arrogante y manipulador que me ve como un problema que resolver con dinero? ¿Eso es ganar? Prefiero… Se detuvo en seco. De pronto todo encajó con una claridad aterradora. El despido repentino. Las deudas que aparecieron de la nada. El auto remolcado. La cerradura cambiada. Nada de eso era casualidad. Había una posibilidad no, una certeza que le apretaba el pecho de que Maximus Livingston estuviera detrás de todo. De que ese hombre fuera capaz de destruirla por completo si no aceptaba ser su esposa. —¿Pasa algo, señorita Harper? —preguntó Héctor, achicando un poco los ojos al verla perdida en sus pensamientos. —Solo… hablar —murmuró al fin, casi inaudible—. Nada más. No firmo nada. No prometo nada. Héctor asintió una sola vez. —Solo hablar. El auto está a la vuelta de la esquina. Rosie tardó varios segundos en moverse. Miró la puerta cerrada una última vez, como despidiéndose de la vida que había tenido hasta ayer. Luego, con pasos lentos y pesados, siguió a Héctor bajo el paraguas que él extendió sobre ella por primera vez. No tomó su brazo. No lo miró a los ojos. Solo caminó, empapada y derrotada, hacia el auto n***o que esperaba con las luces encendidas. Mientras el vehículo arrancaba y dejaba atrás el edificio, Rosie cerró los ojos. Pensó en Maximus Livingston: joven, guapo, cruel, millonario. El hombre que la había puesto en esta posición… y ahora el único que le tendía una mano... una con cadenas invisibles. . . —¡¿Por qué, Maxi?! ¿Por qué tu abuela no me acepta a mí como tu esposa? —Aria se sentía ofendida. Desde que es amiga y novia de Maxi, jamás había tenido una conversación con la patriarca; siempre había sido ignorada por ella. —Son órdenes, Aria. Si deseas, puedes pasar la noche aquí —dijo él, ya que estaban en un hotel lujoso, en una suite presidencial—. Debo irme. —No, no te vayas, Maxi. Me siento sola y ahora, al saber que no me harás tu esposa, me siento triste. No hay una mujer tan hermosa, sexy y comprensiva como yo. Pasa la noche conmigo, bebé. Se sentó en su regazo y llevó sus delicadas manos al suave cabello de Maxi, dándole una leve caricia. —Días sin verte y fueron una eternidad. Mi amor por ti es tan grande que te di mi virginidad. No me importa cuántas mujeres tengas; sé que soy la única y leal en tu vida. Que tu corazón es solo para mí… ¿cierto? —Aria… —Shhh, bebé —dejó un casto beso sobre los labios de Maxi—. Tengo una idea: solo debes… embarazarme y así tu abuela no tendrá más opción que aceptarme como tu esposa.
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