El día había amanecido gris, con un cielo cubierto de nubes que prometían una lluvia persistente. Ana y Gabriel no tenían planes concretos para esa jornada. Habían llegado a un punto de sus vidas en el que no necesitaban un itinerario para sentirse plenos; bastaba con estar juntos. Cada momento compartido era un testimonio de su historia, de las pruebas que habían superado y del amor que habían construido. Después de tantos capítulos marcados por la distancia, la incertidumbre y las pruebas constantes, ahora tenían algo invaluable: calma. El mundo a su alrededor seguía avanzando, con sus propias complicaciones, pero ellos habían encontrado una forma de enfrentarlo juntos. Esta mañana no era diferente. Ana se despertó primero, como de costumbre, y se quedó observando a Gabriel, quien aún d

