PRIMUS

2703 Words
“Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años.” Abraham Lincoln Máximo habría querido que las cosas fueran de otra forma pero ya no las podía cambiar, ya el daño estaba hecho y él no se perdonaría el grave error de haberla lastimado, así que pensó que la decisión que había tomado era la mejor, dejarla a ella en aquel mundo y regresar al suyo a hacer su trabajo, quizá con el tiempo lograría olvidarla y podría asumir su compromiso con Catalina como era su deber, “el deber antes que el corazón” solía decirle su padre, además mientras Zoe estuviera del otro lado estaría segura y viviría una buena vida, tranquila y probablemente encontrara el amor en otros brazos, y el medallón nunca caería en las manos equivocadas, no estaba conforme, pero era lo mejor que podría haber hecho. Llevaba horas ensimismado en sus pensamientos sin poder dormir mientras los demás mitigaban el cansancio en los dulces brazos de Morfeo, sus hombres estaban agotados, las intensas luchas de las últimas semanas les habían mermado las fuerzas, cada batalla que libraba le hacía revivir aquella que hacía tanto tiempo le había arrebatado a su hermano, era imposible no pensar en él cada vez que estaba de campaña, recordaba sus bromas y su voz al cantar, Rómulo tañía la cíthara como un verdadero maestro y deleitaba a todos con sus cantos de batallas y héroes antiguos a la luz de la hoguera, Máximo era el menor, había nacido cinco minutos después que él y no lo esperaban, fue una gran sorpresa y un enorme regalo para su madre quien siempre dijo que el primogénito sería del reino porque debía ocupar el trono, pero el segundo sería solo suyo, su hijo sin preocupaciones ni pesadas cargas, se equivocó, él jamás pensó así, por eso no se perdía viaje ni batalla a la que pudiera ir, por eso esa noche estaba ahí, cumpliendo con lo que creyó que era su obligación hasta el último momento. Esa era la razón de que se sintiera tan culpable, constantemente tenías esas… premoniciones, casi siempre no significaban nada, o casi nada, pero esa vez fue diferente, desde temprano en la mañana había tenido malestar, incluso flasches de un jinete que acorralaba a un hombre despavorido en el suelo, se había quedado como ausente dos o tres veces durante el día y alguno de sus compañeros de armas lo había sacado de su ensimismamiento, pero él, ah él no quiso darle importancia, si solo le hubiera advertido a Rómulo sobre su presentimiento, o si le hubiera pedido ir de regreso con su madre como ella quería, pero no lo hizo, en cambio lo alentó a luchar creyendo comprender la llama que ardía en el corazón de su hermano, mucho tiempo después esa misma llama ardería en él de una manera que nunca hubiera imaginado. El estruendo lo sacó de sus cavilaciones, se incorporó de un salto y tropezó con un guijarro mientras recogía sus armas corrió cojeando por el campo a través de los cuerpos de sus soldados dando órdenes de mantenerse firmes y aguantar, examinó por un momento la situación antes de actuar. -Hagan silencio! –Susurró por lo bajo. –¡Cállense ya! Subió a un árbol para tener mejor visual del terreno, estaban prácticamente rodeados, había oscuros por todos lados, grandes y pequeños, ¡Máximo no entendía de donde diantres salían tantos! Eran una plaga, mientras más mataban más se multiplicaban, -¡Son una verdadera desgracia! –Enfurruñado para sus adentros -¿Cuándo será el día en que nos libremos de ellos? –Subió unas ramas más arriba de su cabeza y se asomó lo mejor que pudo, determinó al ojo por ciento el número de ellos y descendió con cuidado de hacer el mínimo ruido. Ya en el suelo llamó a sus hombres y envió un grupo a rodear el terreno y ubicarse tras el enemigo, a otro a esconderse entre los árboles y esperar el momento para disparar sus flechas, mientras se quedaba con la infantería a hacer frente él mismo a lo que fuera que se aproximara. La tierra temblaba bajos sus pies, cientos de jinetes se acercaban a todo galope levantando el polvo debajo de los cascos de los caballos en un bullicio aterrador, trayendo picas y espadas en las manos, blandiendo mazos y golpeando todo a su paso, Max observó que esta vez había una r**a extraña que no había visto entre ellos antes, más grande y fuertes como los gigantes de los cuentos de hadas, o ¿Eran cíclopes? –¡Me lleva!, -Vociferó –¡Disparen al ojo! –Indicó -¡Disparen al ojo! -¿Qué el ojo de quién? Preguntó alguien sin entender lo que el Príncipe acaba de decir. Y entonces de la oscuridad de la noche surgió una cosa gigante y estrafalaria con un solo ojo en el rostro, muchos cayeron, los más afortunados perdieron una extremidad o salieron mal heridos, los ballesteros desde los arboles atinaban a todo lo que se moviera en tierra y Máximo peleaba cuerpo a cuerpo dejando sus energías en ello, corrió, gritó y dirigió a su ejército lo mejor que pudo, nadie habría podido decir que no había peleado poniendo su vida al límite, realmente ni él mismo sabía cómo aún estaba vivo, debería haber muerto hace mucho pero el destino no lo había querido así, por no sé qué clase de capricho no cortaba de una buena vez el hilo que lo mantenía vivo, ah el destino, ese que como el Señor y dueño de todos decide a quien deja vivir y a quien no, y ¿para qué? para burlarse de él eso es seguro, porque no había ninguna razón por la cual él quisiera seguir respirando a no ser que tuviera la seguridad de volver a verla, a ella, a Zoe. La batalla arrecio y Máximo y sus hombres hubieran visto la luz al final del túnel de no ser por los refuerzos de última hora, la caballería apareció por fin liderada por su primo Lucio, haciendo correr en estampida a los oscuros que aún se mantenían al asecho, cuándo desde atrás de los matorrales saltó un enorme oso n***o con los ojos inyectados en sangre y arremetió contra uno de los soldados de Máximo, el príncipe sin pensarlo se abalanzó sobre la fiera sacándoselo de encima al hombre que había quedado paralizado del susto, forcejeo y rodo con él ladera abajo asestándole golpes por todos lados y esquivando sus fuertes mandíbulas, el peso del animal lo sofocaba y pensó para sus adentros -¡bonita manera de morir... aplastado por un estúpido oso!- desde arriba Lucio cargó la ballesta, apuntó y disparó la flecha que se incrusto en medio de los ojos de la bestia liberando a Máximo de ser destrozado por la mole. -¿Estás loco? ¿Quieres morir así? –Le grito el hombre desde el caballo. -Y qué te importa como muera siempre te beneficiaría –Quitándose al oso de encima. -Me das pena… ¿Qué clase de Rey serás si te comportas como un descerebrado? -Acercando el caballo. -Quizá ninguno. -Dime la verdad primo –Agachándose para tener el rostro a su nivel -¿Estás buscando que te mantén? -Tal vez. -Idiota, pero no será mientras este aquí, no voy a ser yo quien tenga que darle las nuevas a mi tío –Y arrancó a galope por entre los árboles. Se lavó el rostro con el agua de la fuente antes de entrar, sus ropas estaban llenas de tierra y sangre igual que su cara, pero no había razón para preocupar a su madre más de lo que ya estaba, se aseo lo mejor que pudo y ocultó la herida de su brazo con una venda, se la había hecho uno de los Oscuros con quien se había batido a filo de espada, pero el otro había quedado peor, sonrió al pensar en ello y apretó los dientes para no gritar mientras colocaba la carne desgarrada en su sitio y la sujetaba con el listón de tela. -Hey ¿Cómo va esa herida? –Le pregunto Lucio al pasar por su lado. -Bien –Respondió con sequedad, si bien su primo no estaba en la lista de sus personas favoritas, también era cierto que desde que Damián había desaparecido hacia casi un siglo ya, él era el único que había asumido protegerlo y acompañarlo en todas sus empresas sin mencionar que le debía la vida. -Está fea, deberías usar eso para curarla –Señalándole el medallón que pendía de su cuello -Antes de que tu madre la vea. -Sí, quizá más tarde… -Ni siquiera se le había ocurrido, pero su primo tenía razón, si Regina lo veía en ese estado no lo dejaría regresar a la guerra y eso era lo único que lo mantenía lejos del compromiso matrimonial y de los recuerdos dolorosos, bueno de una parte, la parte que tenía que ver con Zoe; vivir al borde de la muerte todos los días mientras estuviera en el campo era mejor que quedarse en el palacio fingiendo que no pasaba nada y que ya la había olvidado, tomó el medallón entre sus manos y se retiró a solas, dejo caer su fulgor sobre la piel desgarrada y esperó a que se regenerara antes de decidirse a entrar para encarar a su padre pero Regina ya estaba en las escalinatas de la entrada principal buscándolo entre los heridos cuándo lo vio tumbado en el césped con algo brillante en su mano. -¡Máximo hijo! –Y corrió a su lado. -Madre estoy bien no es nada. -Estás herido, déjame ver eso –A la Reina la tenía sin cuidado los fríos protocolos y distancias que según la sociedad debía mantener, mientras las demás damas de la corte vivían conforme a todas las reglas de la estricta etiqueta ella prefería ser diáfana en el trato con su familia tal vez por provenir de una familia plebeya y no de una noble como sus predecesoras, razón por la cual no era muy popular entre sus cortesanas que se ufanaban de tener sangre azul corriendo por sus venas. -De verdad madre no es nada de qué preocuparse, ya está mejor ¿ves? – Mostrándole el brazo prácticamente sano ya -Va a quedar una cicatriz nada más. -Voy a hablar con Virgilio, no es posible que te someta a ese peligro, tu eres el heredero tu lugar es estar aquí y comandar las huestes no ir a jugarte la vida –Dijo indignada. -No madre, no hagas eso, además… ¿Cómo podría comandar sin saber lo que es estar en batalla? -No me hables de que no lo sabes, creo que varios siglos de guerra te lo han enseñado ya es hora de que Catalina te de la paz que necesitas aunque sea por un tiempo y que dejes que otros pelen, ¿no has luchado bastante ya?, ¿es que no tengo suficiente con haber perdido un hijo para que el que me queda se arriesgue de esa manera? ¡Me vas a matar de un susto uno de estos días! – Poniendo sus manos en jarra y mirándolo con toda la autoridad que tiene una madre. Eso era lo que él estaba evitando desde hacía un siglo, tener una vida tan larga para la mayoría sería un regalo, pero para él, que no moriría jamás de causas naturales y con un corazón roto como el suyo ya empezaba a fastidiarle estar vivo, lo había estado pensando desde la última vez que cruzó el portal, provocar que lo mataran en una refriega contra los Oscuros o abdicar en favor de su primo llegado el momento, pero nunca bajo ninguna circunstancia se casaría con Catalina, era mejor morir antes que vivir al lado de una perfecta desconocida, y no porque no la estuviera cortejando formalmente y por imposición de la corte desde hacía demasiado tiempo, más del que quisiera recordar, sino porque no conocía sus deseos, sus anhelos más allá de lo obvio, hacerse reina, ni siquiera sabía su color favorito, ni cuántos hijos quería tener, o si era inteligente o creativa, no sabía nada sobre ella porque siempre actuó en torno a él, a sus deseos y a sus gustos, nunca se mostró tal cual era porque simplemente no le era permitido contrariar al príncipe, con Zoe había sido diferente, sabía que amaba la poesía, que se moría por una taza de café, que era valiente y practicaba toda clase de estupideces arriesgadas los fines de semana, que como su madre, no soportaba las normas de etiqueta y que prefería lo cómodo a lo elegante, que era decidida y sabía lo que quería en la vida sin limitarse a tener un hombre a su lado, eso era lo que más amaba de ella, su independencia para trazarse un futuro, había renunciado a su posición por vivir del otro lado como una persona normal común y corriente, ahora que lo pensaba tal vez ahí estaba la respuesta, volver con ella y abandonarlo todo. -Padre ¿me has llamado? –En la sala de armas después de dos días de haber llegado del encuentro con el oso. -Tu madre ha hablado conmigo sobre algunas cosas hijo… creemos que ya es tiempo de que cumplas con tu compromiso y te cases, tal vez que descanses de la guerra por un tiempo hay suficientes nobles que pueden dirigir los ejércitos sin que tú estés presente, en todo caso el hijo de Marco puede tomar tu lugar en batalla. -Lucio tampoco ha tenido descanso Padre. -Pero él no será Rey, tú sí. -Padre yo… -No quiero que vuelvas al mismo tema, ya lo hemos hablado una y otra vez, no te puedes rehusar. -¡Pero no la amo! –Alzando su voz una octava. -¡No la amas ahora pero lo harás! –Dijo con firmeza. ¡No!, no la voy amar nunca Padre, sabes a quien pertenecen mis sentimientos –Desafiando a su padre con la mirada. -¡Sí y ella decidió regresar al otro lado lejos de ti porque no te quiere! -¡No es cierto, yo la herí! –Elevando y bajando luego sus brazos derrotado. -¡Y tampoco le importó mucho lo que pasara con Líber! –Apuntó Virgilio. -Ella no fue criada aquí, no sabes nada, no sabes cómo se sintió cuándo vino, ¡estuvo a punto de morir! Si no la hubiera llevado de regreso… -Habría sanado y estaría en Líber ahora, quizás el reino del Norte se hubiera levantado ya, ¡y ella estaría en el trono!, ¿Crees que se hubiera casado contigo después de probar el poder? No, no lo creo… -Suavizando su tono de voz -Hijo, Catalina es tu mejor opción, tómala y olvídate ya de la princesa, tú necesitas estar casado para reinar, ¿crees que voy a durar por toda la eternidad? -Técnicamente sí. -No si los Oscuros siguen invadiéndonos de la forma en que lo están haciendo, mataron a Abelardo, ¿Qué garantía hay de que yo no corra el mismo destino? -No hables de esa forma esposo mío –Dijo Regina, acababa de escuchar la discusión tras la puerta -¿Por qué no lo dejas decidir?, déjalo romper ese compromiso estúpido y dale un tiempo para que aclare sus ideas, ¿tú qué sabes sobre los sentimientos de la princesa?… además –Girándose hacia su esposo –¿No fuiste libre tu para escoger? –El Rey soltó un bufido. -No me manipules Regina. –Contestó. -Nunca quise hablar sobre esto pero creo que ella sentía algo genuino por ti Máximo, si no te sientes cómodo con este matrimonio vas a ser infeliz el resto de tu vida. -¿Y qué puedo hacer? Ha pasado tanto tiempo… -Cepillándose el cabello con los dedos en un gesto de frustración. -Aquí, del otro lado no –Le recordó su madre esperanzadora- ¿Le darás tu bendición? –Dirigiéndose al Rey. -Solo espero que no sea el peor error de tu vida –Retirándose molesto.
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