Desde pequeña creí que era la hija menos favorita de Dios y que toda mi vida sería un fracaso. Y es así, ahora confirmo que no sólo soy una desgracia andante sino que también estoy destinada a ser el conejillo o la presa de cualquier águila maldita que exista en el mundo.
Alguna vez tuve una madre, y recuerdo que cada noche antes de ir a dormir hablaba de lo malo y cruel que era el mundo, decía que la gente como nosotros no llegaba lejos porque se aferraba a las esperanzas de que la sociedad cambiara positivamente. Que yo debía tener malicia si quería sobrevivir; muchas veces pensé que no era yo quien tendría que esperar lo peor de todos o ser diferente, sino que el mundo en general debía ser más empático.
Ciertamente el mal no existe sin el bien, y viceversa. Y precisamente basándome en ello es que pude discernir sobre lo que quería para mí.
No era yo la que debía cambiar, eran los demás.
Pero entre tanta mierda que sucede dentro de mi vida sus palabras me suenan cada vez más reales. Y admito que tal vez me equivoqué, tratando de mantener mi esencia. Quizá debí escucharla un poco y obviar que era una drogadicta egoísta, porque sí tenía razón.
La podredumbre contamina los caminos que se entretejen y coinciden con criaturas que se han adaptado al medio; para atravesar la vía debes tener los pies sucios porque igual se mancharán, pero no el alma. Así funciona la metáfora: percudir el cuerpo y mantener el espíritu.
Cuando mi madre desapareció aquella tarde de Abril supe que por fin la angustia había acabado. La verdad me alegró no verla más, era tóxica y sólo causaba malestares en casa. Pero nunca estuvo equivocada al decir que mientras fuese una mujer de valores todos pisarían mi integridad.
Mantengo la calma mientras el automóvil se mueve por las calles de Villa Esperanza, no despego la mirada de mis zapatos que están algo decolorados por el tiempo que tienen conmigo. Paso saliva cada tres segundos imaginando lo que me espera en el Ikton, si Dios es bueno saldré con vida.
Con eso será suficiente.
—Creo que estás cruzando límites. Si tu padre...
—Me importa un pepino Franchesko Benedetti y todo lo que él y su moral de mierda lo lleven a hacer, decir o pensar. La tijera que me cortó a mí es muy distinta a la que lo deformó él ¿entiendes?
—No puedes secuestrar a una chica.
—¿Te estoy secuestrando acaso, Biana?
Que voltee a verme y a hablarme me pone más nerviosa.
—Yo... no... sé si yo...
—¡Habla, carajo!
Y me pego un brinco enorme por el sobresalto de su grito.
Cross me ve, su expresión es de preocupación y no entiendo porqué cuida tanto los actos de Massimiliano. Ambos son adultos, ninguno debe tener más de cuarenta años y menos de treinta y cinco. Los tatuajes en el cuello del empleado del hijo de Franchesko son llamativos por el color blanco de su piel.
Parpadeo, con la mirada de los dos tipos encima.
«Bueno, teniendo en cuenta que nadie me tomó por la fuerza, sino que yo misma me subí al vehículo pues...»
—No —Atiendo a la pregunta que se me hizo—. No me secuestró.
—¿Ves?
Soy la única de éste lado del asiento, Massimiliano bebe whisky con el tal Cross a su lado tratando de hacerlo razonar sobre lo que quiere hacer conmigo.
—La estás coaccionando a...
—¿A subirse al vehículo? Por favor, Cross, no seas imbécil.
Me impacta la fluidez de su español. A juzgar por la pronunciación y sus expresiones verbales diría que ha vivido antes en países de habla hispana.
—Señorita, si desea bajarse...
—¡Qué se viene al Ikton!
Cross está impaciente, bufa antes de negar con la cabeza, aceptando por las malas la orden de su jefe. Yo ni siquiera sé qué hago aquí. No pienso bien.
—¿Qué haré en el hotel?
—Aprender a trabajar para mí —Zanja el italiano sin prestarme mucha atención—. Fin de la discusión, Cross, si quieres cuando lleguemos le vas con el cuento a Franchesko. Tengo treinta y siete años, hace mucho que yo decido lo que hago.
Vuelvo a pasar saliva.
Treinta y siete.
Ni siquiera sé porqué me importa eso.
—Yo no dije que trabajaría para ti.
—Ah no, es que no me interesa lo que tú quieras. Es lo que yo decida, me debes un teléfono que vas a pagar.
—¿No te fue suficiente con dejarme sin nada? Ya no tengo empleo ni casa.
Se me queda viendo, analítico, alzando las cejas. Me intimida. Bebe un poco más de Whisky como si lo pensara realmente, aunque yo sé que no. Es un hombre frío al que seguro no le interesa nada más que él, y su cochino dinero.
—No. No fue ni es suficiente.
Mordisqueo mis labios, asustada pero al mismo tiempo con mucha expectativa. Sé que no debería estar aquí, y que ni siquiera debí haber caminado con dos sujetos desconocidos fuera de la cafetería para subirme a la limusina de ellos, pero por alguna razón estúpida lo hice, y fue sin pensar.
Nader me mataría si supiera que voy en un vehículo con dos extraños.
Ni hablar de la abuela.
No tardamos nada en arribar al hotel estrella de la ciudad, el italiano se pierde de vista enseguida. Yo me quedo con Cross que a regañadientes me lleva por un pasillo que da directo a un ala solitaria de la torre, en donde me recibe una mujer morena con el cabello recogido en trenzas africanas, viste con falda de tubo gris y una camisa de botones blanca manga larga arremangada por los codos, lleva una tablet cargada y lentes empastados.
—Ella es...
—Biana, sí, la conozco.
Yo ni sé quién es ella.
—Ya puedes retirarte, Cross.
Y el hombre se va por donde vino, mirando la hora en su reloj de pulsera. Apresurado.
Me quedo muy quieta, apenas respirando; no sé qué hacer y tampoco a qué he venido exactamente. No me explico cómo es que me he dejado traer hasta acá sin chistar y mucho menos comprendo lo que tiene que ver esta mujer con todo.
Camina hasta el elevador del pasillo sin esperarme, la sigo por instinto. No es nada fácil tomar una decisión sobre tus próximos pasos con tanta presión y nerviosismo encima. El cubículo metálico no tarda nada en aparecer y subimos a él, el panel es táctil y la desconocida marca el piso veinte, tiene una credencial que la identifica como Karla De Abreu, asistente personal de Corporación Benedetti.
No parece italiana, y que hable español con el acento de la ciudad me indica que es una criolla que ha tenido suerte en el extranjero.
No tengo ni una puta idea del lugar al que vamos, pero trato de respirar con normalidad para no verme como una payasa. Lo último que quiero ahora es un ataque de pánico o terminaré en el suelo desmayada o con espasmos en algún rincón de aquí.
Una enorme habitación nos recibe cuando las puertas vuelven a abrirse. Por lo que entiendo los elevadores te dejan directo en las suites. Moderno, sofisticado.
—Bien, Biana, desde ahora eres la asistente personal de Massimiliano, agradece que lo convencí de ello y de que su padre logró deshacer el compra y venta del terreno de Nader Musbah. De lo contrario ya estarías pensando en suicidio, conozco al jefe y cuando algo lo fastidia lo saca del camino.
Me impacta la familiaridad con la que se refiere a mí.
—¿Cómo es que conocen cada cosa de mi vida?
Se encoje de hombros.
—Somos personas influyentes dentro de cualquier ciudad.
Tiene la nariz alargada y caída en la punta, mueve mucho las cejas al hablar.
También observo cada detalle de la habitación para memorizar bien todo por si debo echar a correr de aquí y luego hacer alguna denuncia. Vuelvo la vista hacia ella una vez más, tengo buena retentiva fotográfica, ahora podría reconocerla en cualquier lugar. Es algo mayor, debe tener más de cincuenta años.
—Debes diez mil quinientos dólares por la pérdida irreparable del Iphone trece exclusivo que Apple diseñó para Massimiliano Benedetti —Lo suelta, marcando algo en su tablet con los dedos, me es imposible no abrir la boca, impactada por el monto que ni en mis más grandes sueños podría conseguir ¿Cómo es que un aparato de esos puede costar tanto?—. Créeme cuando te digo que el dinero es lo de menos, el celular tampoco. El problema aquí es que cuando un hombre tan poderoso se ve humillado delante de otros busca venganza, más cuando es una mujer de estrato bajo que no le llega ni a los zapatos. Lamento que esto sea así, querida, pero me temo que tendrás que saldar la deuda con trabajo, y por supuesto, humillaciones del jefe.
Ni loca.
—No voy a trabajar para ese tipo.
Que me mate si quiere.
—No hay trabajo físico, sólo llevarás su agenda mientras que esté dentro de la ciudad. Será por un rato, Biana, conozco a Massimiliano desde que es un niño, ya se le pasará cuando ponga su atención en algún juguete nuevo. Entonces te dejará en paz y podrás volver a la normalidad, además no estará más de diez días en el país antes de volver a Milán. El tiempo pasa rápido.
Respiro por la boca, admirando todo con el ritmo cardíaco fuera de control. Es ridículo pero empiezo a considerarlo.
—Es lo mejor que puede sucederte. Trabajas, pagas, él se aburre, se va, y tu vida vuelve a ser como antes ¿Prefieres hacerlo por el lado bueno o por las malas?
No quiero ni pensar en la cara mala de la moneda.
—De acuerdo —Cedo—, confío en usted, no en él. Así que espero y sea cierto lo que me dice.
Asiente hacia mí.
—Es lo mejor que puedes hacer ahora, aceptar por las buenas. Massimiliano no es muy paciente y tampoco benevolente.
Ni me digan, que ya lo veo todo.
—Acá tienes el uniforme.
Y saca del armario un traje muy parecido al de ella pero de color mostaza. Ni me fijo en lo horrendo que es porque todas sus palabras me dan vueltas en la cabeza, me parece una pésima idea pero es esto o ponerme una soga al cuello en esta ciudad de por vida.
Y no puedo quedarme sin trabajo para siempre.
—Vístete y baja al lobby, Cross te estará esperando. Acá te dejaré una tablet con la que trabajarás hoy, allí está todo lo que necesitas saber sobre el jefe.
—¿Con jefe te refieres a Franchesko o al animal del hijo?
—Señor Franchesko para la próxima, y no, no me refiero al padre. El jefe de Corporación Benedetti es Massimiliano, el señor Franchesko sólo es... Olvídalo, eso ya lo entenderás más adelante.
La mujer se va y yo me quedo mirando a los lados como una estúpida, sosteniendo un uniforme horrible que pesa y con la presión de los nervios suprimiendo mi pecho.
No tengo un celular para llamar a Nader y pedirle que venga por mí, o siquiera para avisar que sigo viva.
A mala hora decidí no aceptarle el regalo a mi novio.
Me visto con la ropa que ha dejado Karla para mí, cojo la tablet que yace sobre la mesa de centro de la habitación y salgo directo al ascensor que me deja en el lobby. Y tal y como advirtió la mujer, el sirviente del "jefe" está allí. Ni me espera antes de emprender una caminata conmigo detrás, siguiéndolo hasta el otro lado del ala del hotel. Nos recibe un restaurante exclusivo, no hay muchas personas allí, reconozco a Chichí en una de las mesas, por suerte ella no me ve a mí.
Su cabello rubio está peinado en una coleta extravagante con pinzas y flores.
La mujer es rara, parece de la ciudad pero que esté bien relacionada me hace dudar un poco sobre su verdadera procedencia.
Massimiliano fuma un habano mientras habla con un sujeto rubio y de ojos azules, ambos sentados en una mesa. Por la pinta parece estadounidense o sueco. Me fijo en el cabello bien fijado y castaño del animal asqueroso, también en sus ojos oscuros que examinan a quien lo acompaña; la charla termina y el extraño se levanta y despide, retirándose de la mesa.
No espero ningún llamado, pero sí noto que Cross se tensa cuando avanzo deliberadamente hasta su amo opresor.
—Ya estoy aquí, qué quieres ahora ¿Lamo las botas que llevas, recojo todo lo que tires o simplemente te sirvo de sombra, amo?
Se me queda viendo como si fuera el ser más estúpido de la galaxia, y aunque seguramente si lo soy con todo lo que he dicho me molesta su gesto despectivo hacia mí.
—Lárgate de mi vista. Cross, sácala de aquí.
Su sirviente hace un ademán para acercarse a mí, pero me aparto.
—Ni me toques, conozco la salida.
Antes de retirarme dejo la tablet sobre la mesa de mala gana frente a él, ya que me están echando supongo que no voy a usarla.
—Llévatela, tienes cosas que hacer. Que no se te achicharre el cerebro en el camino, rata inservible.
Es un grosero de primera.
Vuelvo a recogerla, sin despegarle la mirada de encima, enojada. Retadora.
—Feliz tarde, señor Benedetti.
Y salgo dando tropezones, muerta de rabia, con el traje mostaza apretándome el trasero. El infeliz perro faldero del imbécil italiano me persigue y quisiera tener el poder necesario para exterminarlos a los dos.
Considero la opción de tomar un taxi y largarme, pero no tengo ni un centavo en el bolsillo y caminar es mi única salida. Además, no sería tan fácil huir de gente como esta. Cross que sigue detrás de mí me hace señas para que suba al vehículo n***o que espera aparcado en la acera metros más delante de la salida principal del hotel. No me gusta la idea, pero desde que acepté venir aquí como una estúpida autómata no he hecho más que actuar sin pensar, así que ahora asumo las consecuencias.
—¿A dónde se supone que va a llevarme?
—Mire la tablet asignada, allí vamos. Preocúpese por cumplir bien cada tarea o Massimiliano será cada vez peor con usted.
—¿Se puede ser más hijo de puta aun?
El hombre ni me mira cuando vuelve señalar la puerta trasera del auto para que termine de subir.
—Por supuesto que sí. —Me respondo yo misma.
Qué pregunta tan estúpida hice.
El sujeto va adelante con el chofer y para evitar entrar en pánico reviso las tareas asignadas para mí hoy. Ni siquiera sé lo que voy a decir cuando llegue a la mansión Musbah, porque no creo que se traguen el cuento de que conseguí un empleo como asistente, en cuya nueva labor no percibiré ni medio dólar picado por la mitad y encima debo trabajar para pagar un celular costoso que destruí.
El inicio del aparato que desbloqueo deslizando el dedo por la pantalla muestra un panel de actividades con hora, fecha y descripción. Mi primera tarea es buscar el almuerzo de Massimiliano, después debo conseguir un traje según sus gustos especificados para una reunión de hoy a las cinco de la tarde. Fisgoneo lo pendiente para el transcurso del día y consigo "Enviar manutención a Fiorella", me llama muchísimo la atención y presiono la burbuja con el resto de la indicación.
Descubro que el infeliz del Benedetti menor tiene una hija de cinco años llamada Fiorella Silvina Benedetti Given, no hay muchos datos en la tablet sobre ella pero sí una pequeña foto que pertenece a la plantilla descriptiva de la labor. Me salgo de la actividad para mironear lo demás y un frenazo me hace levantar la vista, encontrándome con una escena que me hace pegar la espalda al cuero del asiento.
Cross desenfunda un arma con la que apunta a un hombre fuera del vehículo por la ventana de su puerta, va en una motocicleta y por su forma de vestir y fisonomía parece ser natural de la ciudad. Trato de encunetarme en el suelo del auto, metiendo la cara en el espacio que se forma entre mis rodillas para no ver lo que sucede a continuación, escucho un disparo y el carro vuelve a andar. Las manos me tiemblan y no dejo de gritar.
Mató a un tipo.
—Cierra la boca, niña.
—Quiero irme, llévenme al centro. No pienso...
Y la tablet suena con una llamada de un número registrado como "Planta", dudo en atender pero al final lo hago, con la voz entrecortada y llorosa.
—¿Por qué coño contestas esa mierda como una niña llorona?
Reconozco la voz.
—Cierra la boca —Me atrevo a responder, de mal humor y asustada. Sudando frío—. ¡Tu perro faldero mató a un hombre!
—Oh que lástima, ahora eres cómplice e irás presa —Me lleno de más miedo pero luego comprendo, según su tono aburrido, que me está jodiendo—. Trae mi comida. Karen dejó en tus anotaciones lo que almuerzo los días miércoles.
Y cuelga.