—Orden que doy se cumple —Mi palabra siempre ha sido sagrada dentro de la organización y eso no va a cambiar mientras viva—. Lo que yo diga es, punto. No me interesan las ideas ajenas, no quiero víctimas y tampoco malditos traidores. Yo soy el puto jefe. Nadie se mueve, nadie habla. Ni Franchesko que respira agitado por el dolor. —Se acabó el ir en contra de lo que digo, se acabó la desobediencia, se acabó el seguir órdenes que no sean las mías o que no estén autorizadas por mí —El silencio es intenso y las cabezas gachas me indican respeto, a excepción de mi madre que eleva el mentón para expulsar humo por la boca—. El que no tenga los cojones de estar acá tiene dos malditas opciones, o intenta escapar de aquí ya, si es que puede llegar al ascensor sin que le pegue un tiro en la puta ca

