Alec se sentó en la cama y abrazó a su mujer por la espalda. —Hueles divino —dijo mientras movía su cabello y olía su cuello. Livia echó su cabeza hacia atrás—. Eres tan hermosa que me vuelves loco. Aunque la verdad es que tienes más de una forma de volverme loco, sobre todo con tu carácter. —Jajaja. La risa de Livia inundó el lugar y por un momento olvidaron la guerra y el odio que los había traído aquí. Alec la cargó y la colocó en sus piernas, después unió sus frentes. —Vamos a comer, pero no prometeré dejarte descansar. Pero antes de seguir, quisiera saber cómo te sientes. ¿Te duele? Ella se sonrojó y lo observó. —No me duele. —¿Cómo? —Bajó la barbilla; él se la levantó—. No me ocultes cosas, Livia. Ella sonrió con vergüenza y respondió: —No me duele, aunque sigue siendo un po

