El video

1137 Words
Alec jamás abandonaba la empresa antes de terminar su trabajo y esa mañana lo hizo sin pensarlo dos veces. Condujo rápido, esquivando el tráfico de la ciudad mientras imaginaba todo lo que le haría a la mujer que lo volvía loco. La recogió justo al frente del hotel y avanzaron de inmediato hacia el estacionamiento subterráneo, donde solicitó la habitación con la más absoluta discreción. Una especie de incomodidad le recorrió la nuca a Alec Pirelli justo cuando una mano suave pero firme se posó sobre su entrepierna. Desvió la mirada del volante y buscó los ojos de Amanda. Llevaba años jugando a la ruleta rusa en sus supuestos "viajes de compras a Italia", adicta a la adrenalina de los encuentros furtivos. Pero esa mañana, el instinto de Alec le advertía que algo no andaba bien. Tenía la extraña y persistente sensación de que alguien los observaba desde el estacionamiento subterráneo. Sin embargo, el deseo pudo más que la paranoia y, apenas estacionó el auto, se apoderó de sus labios. La necesidad acumulada durante semanas explotó y la besó con urgencia salvaje hasta que se separaron por falta de oxígeno. Salieron del vehículo a trompicones, pero no pudo evitar mirar al pasillo. Alec la cargó antes de cruzar el umbral de la habitación y, en cuanto la puerta se cerró tras ellos, el control que tanto lo caracterizaba se evaporó. La empujó contra la pared, devorando su cuello mientras sus manos se abrían paso por debajo del vestido. Sus dedos deslizaron las finas tiras de la prenda, liberando sus grandes pechos ansiosos por su atención. Alec se sentó en el sofá de la habitación y la guio sobre él, tomándola con firmeza, deleitándose con su cuerpo. —Alec… —gimió ella, arqueando la espalda. Escucharla pronunciar su nombre de esa manera lo excitaba demasiado. Con manos hábiles se deshizo del vestido y la recostó contra el sofá para seguir besando su cuerpo. Descendió lentamente mientras ella se aferraba a sus hombros, completamente desesperada por él. —No sabes cuánto te necesitaba —susurró Amanda con la respiración agitada. Alec levantó la mirada hacia ella y sintió deseo al verla tan entregada. Durante esas pocas horas al mes podía olvidarse de todo: de la presión de su familia, de las empresas y de la responsabilidad de ser el heredero de los Pirelli. Con movimientos desesperados abrió un preservativo, se lo colocó y volvió a besarla con intensidad antes de unir sus cuerpos. —Ahhh… A partir de ese momento ambos se olvidaron de que el mundo existía, porque esas dos horas que tenían al mes las aprovecharían al máximo. La ropa terminó tirada por toda la habitación mientras el tiempo seguía avanzando demasiado rápido. Con cada minuto la ansiedad aumentaba, porque ambos sabían que aquello estaba mal, pero ninguno quería detenerse. La alarma del teléfono resonó en el cuarto, recordándoles de golpe que el tiempo se había agotado y que era hora de regresar a sus respectivas realidades. Se vistieron en un silencio tenso, sin imaginar que alguien había capturado cada segundo y cada gemido, esperando el momento exacto para destruirlos. Doce horas después. La lluvia golpeaba con violencia los ventanales de la mansión Pirelli mientras Alec revisaba los contratos atrasados en su oficina en Italia. Tenía el ceño fruncido y una copa de whisky reposando intacta a un lado de su escritorio. Eran casi las once de la noche. Su plan original de la mañana era dejar todo al día, pero el encuentro con Amanda lo había retrasado. Aunque, mirando el vaso de cristal, una sonrisa amarga cruzó sus labios; cada segundo de peligro había valido la pena. O eso creía. Su teléfono vibró sobre la madera noble del escritorio. Número desconocido. Alec lo ignoró al principio, concentrado en una cláusula, pero el aparato volvió a insistir segundos después. Molesto, tomó el celular y abrió la conversación. Había un archivo de video adjunto que tardó un par de segundos en cargar. Cuando la imagen se reprodujo, se quedó inmóvil. Sus ojos verdes permanecieron fijos en la pantalla mientras sus manos se hacían puños. Era una grabación de esa misma mañana. Amanda aparecía en la pantalla, desnuda, gimiendo su nombre mientras él la sometía contra el sofá con desesperación. La mandíbula de Alec se tensó tanto que los músculos le dolieron. Pausó la reproducción con un golpe violento sobre la pantalla, sintiendo cómo una furia ciega le invadía el cuerpo. La pantalla brilló con un nuevo mensaje. “Qué hermosa pareja hacen.” Alec se puso de pie lentamente, la respiración entrecortada y pesada. Nadie podía tener ese video. Nadie. El pánico empezó a mezclarse con el odio cuando apareció otra línea de texto. “Si yo fuera usted, cuidaría mejor el apellido, heredero.” —¿Qué quieres? —tecleó Alec. La respuesta no tardó ni cinco segundos. “Un millón de dólares.” Alec soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de gracia. —Maldita basura… —gruñó hacia la habitación vacía. Marcó el número de inmediato, dispuesto a rastrear la llamada, pero el sistema rechazó la conexión al primer timbrazo. Un segundo después, entró la advertencia: “No intente llamarme. Las cosas se harán a mi manera.” Alec pasó una mano frustrada por su cabello oscuro, obligándose a respirar. Tenía que pensar con la cabeza fría, porque si esas imágenes salían a la luz, lo perdería absolutamente todo: su reputación, el respeto de sus socios y, sobre todo, su lugar como el sucesor de la dinastía. En su familia no se perdonaban los escándalos de faldas, y mucho menos con la mujer de otro hombre de negocios. El lema que su abuelo le había grabado a fuego desde la infancia resonó en su mente como una amenaza directa: “Un Pirelli nunca pierde el control, porque el honor de la familia no se negocia”. Recordaba perfectamente la mirada implacable del anciano al añadir: “Antes de dejar que uno de mis descendientes destruya el legado de esta familia, prefiero acabar con todo yo mismo, donar cada centavo a la caridad y morir sabiendo que ningún Pirelli lo arruinó”. El viejo no estaba jugando. Cumpliría su palabra. El celular volvió a vibrar, interrumpiendo sus oscuros pensamientos. “Deje el dinero mañana dentro del contenedor de basura de la empresa Lombardi Cosmetics. A las ocho de la noche en punto.” Alec frunció el ceño, memorizando el nombre. ¿Lombardi Cosmetics? ¿Por qué ahí? “¿Quién eres?”, exigió saber. Pero esta vez, el teléfono permaneció en silencio. Alec se quedó de pie, mirando la tormenta desatarse al otro lado del cristal. El millón de dólares era el menor de sus problemas. Lo realmente peligroso era que alguien había logrado acercarse tanto a él sin que lo notara.
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