Mirella solo asintió, pero no dijo más. Se sentía abrumada, rota por dentro, como si apenas empezara a comprender lo que había sucedido.
Olga se acercó rápidamente, notando el semblante apagado de su amiga y las pequeñas marcas violáceas en su cuello.
—¿Qué pasó, Mirella? —preguntó con voz suave pero preocupada.
Mirella se sentó al borde de la cama y con esfuerzo, comenzó a contarle lo poco que recordaba. Fragmentos sueltos de la noche anterior, el vino, la habitación lujosa, su propia voz pidiéndole a Joaquín que no se detuviera. Hablaba sin mirar a Olga, como si ponerlo en palabras hiciera que todo fuese más real.
Olga la escuchaba con atención, su expresión se transformaba lentamente de sorpresa a indignación.
—¡Ese maldito de Ron me mintió! —exclamó, poniéndose de pie de un salto—. ¡Voy a buscarlo y le voy a dar una lección por haberme engañado!
Pero antes de que pudiera salir de la habitación, Mirella la detuvo, tomándola de la mano con firmeza.
—No, Olga. No lo hagas —advirtió con seriedad—. No podemos hacer nada… No podemos quejarnos, ni denunciarlo.
—¿Por qué no? ¡Esto no está bien! —replicó con furia contenida.
—Porque Joaquín es el dueño del crucero. Si decimos algo, solo nos van a tratar como unas locas y terminarán echándonos del barco.
Olga abrió la boca para protestar, pero Mirella continuó:
—Además… —bajó la mirada— yo le pedí que siguiera. Nunca me opuse. Entre los recuerdos confusos… sé que lo disfruté.
Un silencio incómodo se instaló entre ambas.
—Olvídalo, Olga. Hagamos nuestro trabajo y terminemos con esto —dijo Mirella con un tono apagado, casi resignado.
—Pero… —Olga quiso replicar, pero al ver el rostro de su amiga, simplemente bajó la mirada—. Está bien —asintió, triste.
Sin decir más, Mirella se alejó y entró al baño. Cerró la puerta con suavidad y se quedó un momento frente al espejo, observando su reflejo. Luego abrió la regadera y dejó que el agua caliente cayera sobre su cuerpo, como si intentara borrar todo lo que había ocurrido.
Esa mañana, Mirella y Olga decidieron desayunar en uno de los restaurantes ubicados al sur del crucero, lo más lejos posible de la habitación de Joaquín. Ninguna de las dos tenía mucho apetito, pero necesitaban despejarse y retomar el control de la situación. El ambiente del lugar era más tranquilo, menos concurrido y les permitía respirar con algo de libertad.
Aunque no hablaron mucho durante el desayuno, ambas sabían que no podían dejar las cosas así. Había algo más detrás de todo lo que estaba ocurriendo y no iban a rendirse.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste, acordaron continuar con su investigación sobre Tiana. Esta vez lo harían en silencio, con más cautela.
Tenían la sensación de que, en ese crucero lleno de lujos y secretos, la verdad era mucho más oscura de lo que parecía.
Tiana sintió unos brazos envolverla con suavidad. Simon dejó un par de besos en su espalda desnuda.
—Buenos días... —susurró él con voz cálida.
Tiana estaba a punto de responder, cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.
—¿¡Estás aquí!? —exclamó Laydi, furiosa, entrando sin pedir permiso.
Su mirada estaba cargada de rabia. Caminó hasta la orilla de la cama, apuntando a Tiana con el dedo.
—Todo lo que hice anoche fue en vano. ¡Tú! —gritó—. No entiendes todo lo que está en juego.
Tiana, desconcertada y abrumada, se cubrió los oídos.
—¡Ya déjame en paz! —suplicó, con los ojos cerrados.
Laydi, en un arranque de ira, le lanzó una almohada. Pero Simón se levantó rápidamente y la detuvo en el aire. Frunció el ceño y dio un paso al frente, aún desnudo, cubriéndose parcialmente con una sábana.
—¡Oiga, no sea grosera! —le dijo con firmeza.
Laydi se giró al escuchar su voz y al verlo, se escandalizó, abriendo mucho los ojos impactada. Le dio la espalda de inmediato.
—Usted otra vez... —dijo con desprecio—. ¿Qué le dijo? ¿Qué le hizo para que regresara con usted?
Tiana, incómoda por la escena, se levantó y tomó su bata, colocándosela con rapidez.
—Simón, por favor… —dijo en tono suave pero decidido—. Puedes irte.
Él la miró en silencio durante unos segundos, como si esperara que cambiara de opinión.
—Puedo ayudarte —insistió.
Ella sonrió levemente y negó con la cabeza.
—Tengo que hablar con mi agente —respondió con un tono que cerraba cualquier posibilidad—. Nadie puede ayudarme… solo Joaquín. Pensó.
Simon suspiró y se acercó a la puerta.
—Te buscaré más tarde —advirtió, lanzándole una mirada de advertencia a Laydi antes de salir. No pensaba alejarse tan fácilmente.
Laydi cruzó los brazos y la miró con furia contenida.
—Estás cometiendo un gran error, Tiana.
Pero Tiana no respondió. Su mirada estaba perdida, fija en un punto invisible. Sabía que las cosas se complicaban… y lo peor, es que no tenía el control.
Apenas Simon cerró la puerta, Laydi explotó.
—¡Ayer tenías que estar con el señor Urrutia! —gritó, fuera de sí—. ¡Era la oportunidad de tu vida y lo arruinaste! ¿Y todo por qué? ¡Porque desapareciste con ese tipo... otra vez!
Tiana se sentó lentamente en el borde de la cama, pasándose una mano por el rostro, agotada.
—¿Y qué querías que hiciera? —respondió, con tono amargo—. Joaquín me ignoró por completo toda la noche...
—¡Yo lo arreglé todo para que pasaras esa noche con Urrutia! —vociferó Laydi, caminando de un lado a otro de la habitación como una fiera enjaulada—. ¡Y lo tiraste por la borda como si nada!
Tiana frunció el ceño al escucharla.
—¿De qué estás hablando...? —preguntó con desconfianza. No le gustaba a dónde iba esa conversación.
Laydi levantó la barbilla con arrogancia, como si lo que estaba a punto de decir fuera un logro.
—Mi primo está trabajando unos días en el barco. Me consiguió un afrodisíaco y me ayudó a ponerlo en la copa de Urrutia. Explicó sin miedo.
Hubo un segundo de silencio. Tiana la miraba perpleja, con la boca muy abierta.